lunes, 9 de julio de 2018

DIANA MONCADA: Poesía Actual de Venezuela




DIANA MONCADA (Caracas, Venezuela 1989) Poeta y periodista cultural venezolana. Autora del poemario Cuerpo crepuscular, que resultó ganador en el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila en el 2013. Prologuista del libro de entrevistas literarias Al filo de Miyó Vestrini, del sello editorial Letra Muerta. En 2016 ganó una mención en el I Concurso Nacional de Poesía Joven «Rafael Cadenas». Su trabajo periodístico ha sido publicado en diferentes medios de comunicación venezolanos y sus poemas en diversas revistas y plataformas literarias. Administra su blog personal Antología de la conmoción. Actualmente reside en la ciudad de Lima.



El silencio del mundo
Cubrí mis ojos de piedras para ver el silencio del mundo,
tu cuerpo era una alfombra mágica
sobre la que volamos hacia las carnes
incendiadas del desierto.

Enmudecidos
hallamos en nuestra danza el acertijo de todas las máscaras,
llenaste mi boca de amuletos
y abandonamos el círculo de nuestra primera alucinación.

La lengua trifásica nos envolvió en glaciares azules,
escogimos la hecatombe
como un lecho para desviar las formas futuras.

La garganta del mundo se iluminó sobre la noche
y volvimos la mirada hacia los mares tranquilos,
los peces flotaban como nubes apresuradas,
el mundo caía lentamente
hacia la boca de una ballena adormecida,
nos preguntamos,
¿acaso hay otra forma de morir?

Cubrí mis ojos de piedras para ver el silencio del mundo,
besé la fractura,
amé las fauces
de la bestia que fuimos.




Náufragos
La playa estaba rota
cuando de sus entrañas fuimos expulsados,
no entendimos si los temblores provinieron de los fondos
o de los puñales que atravesaron el ombligo de la tierra.

Soñar que fuimos salvados para naufragar
bajo este cielo inmundo
con la roída idea de vivir pese a todo
es un despropósito.

El naufragio instaló en mí el descalabro,
su desastre es como lo imaginamos,
irreversible
como la caída de tu nombre antes de la explosión.




Las islas
Transparente la noche
en que las islas hundieron sus costras en el mar,
han debido engullirnos
porque todo fue ardor,
andrajoso ardor.

Erramos sobre las sales desnudas,
enceguecidos e infectados.

Somos sus peces alucinados
aleteando en el purulento corazón de la cicatriz.

Nada sabemos de los hundimientos
excepto este rugir
que nos atraviesa y nos quiebra.

Las islas han ahogado la herida esta noche
y nosotros
expectantes
besamos su furia
con las llagas llenas de ojos.


  

El cielo rojo

El cielo está rojo, dijimos
Y abrimos los ojos como lámparas sobre la maleza
Déjennos en nuestra trampa
porque esta ciudad no es una ciudad
ni este planeta un planeta
y este árbol es el sueño de un árbol que crece salvaje en una mañana clara de otro tiempo                   
y de otro lugar
No somos lo que creímos ser
y así está bien
así las plumas siguen meciéndose
desapercibidas debajo de nuestras nucas
mañana es una instantánea que se reproduce como una canción de verano
sobre las olas del mar que nos vigila
detrás de todas las esquinas de esta
ciudad placebo
ciudad precipicio
donde la única verdad
es que el cielo es rojo
y que caminamos lentos
sobre su ramaje de incendios y espesuras
sin encontrar el hogar la playa o la forma
que contenga el sueño sin edad que somos





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