miércoles, 25 de abril de 2018

ERASMO SAYAGO HERRERA: Poesía Actual de Venezuela


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ERASMO SAYAGO HERRERA (San Cristóbal, Venezuela 1988). Escritor. Poeta. Estudiante de Educación mención Español y Literatura de la Universidad de los Andes. También es traductor freelance. En 2012 con su poemario breve titulado Nieve cálida, ganó en Mención Poesía el I Concurso de Escritores Noveles del Fondo Editorial “Simón Rodríguez”.

Selección por Gladys Mendía



Desde las manos ausentes
                                                                                             
Todavía se enroscan los fierros
alrededor de los muñones de mis brazos.
También, la sierra con la que mis brazos y manos
caen hacia mis abismos.

No es la falta de anestesia
son los dientes brillantes, la sangre,
los músculos, los tendones desgarrándose,
retorciéndose en los recipientes al lado de la mesa de operaciones.
Mi sangre ha empezado a brillar
igual que el acero
hierve, se estremece, no le basta imitar;
llora como un volcán…

¿Qué es lo que forja con tanta fuerza,
           golpea tan insistente, con tal maestría, que en mí
           en todas las personas y cosas
           retumban ecos insospechados;
          tocan las manos que ya no tengo?..

No pudiese aguantar y aguardar el fin de la forja
si al fundirse el bombillo de la sala de operaciones
   -abierta la flor carnívora del sueño-
con los ecos luminosos de cada golpe
con mis manos que nunca se fueron
no fuese capaz de, noche tras noche
perderme en el primer abrazo que te di
al completarlo.

Desde allí
puedo tocar el mundo.


para un transeúnte anónimo, falto físicamente de ambos antebrazos y manos…




Siempre fue la Luna

Las ruinas circulares de Borges fueron solo la entrada,
también, en esta tarde, el sol devastándose en mí en su anillo, como una fiebre,
el espíritu que agoniza en este después de los seres y las cosas,
como un barco que surca los afilados dientes de un huracán en alta mar.

Soy el contrario de Ulises,
con un templo quebrado,
o una brújula que en mi viaje inmóvil llora hacia dentro
¿cuál materia solar fluye a través del silencio?
me dije
y puede ser lo que hay dentro de la imagen inicial*:
no un mandala, un samsara que se erige como una montaña desnuda
cuya cima no solo sueña con aquel templo
si no que, dentro de su sombra incandescente,
alrededor del relámpago y el rayo
puede ser él mismo en la palabra que a cada instante se crea
y no deja de caer
a cada gota
a cada astro de los días

él viene con la música que restalla de los abismos,
no deja de venir y venir
es el alfabeto cegador de Virginia Woolf: frase final de los océanos,
ardiendo con su plumaje
es mi plexo cambiándose el nombre
hundiéndose en sus brazos y piernas abiertas
luego se rebasa
y sigue y sigue llamándose pleamar
sin que su cálido abrazo cese en mí:
la noche, la cima espejo, la madrugada
aunque se halle en una jaula
y solo la cal de mis huesos, la ceniza del sueño
sea materia de mis alas

sin embargo, cae, cae, no deja de caer
es decir, me soy más solar
mientras fluye la sustancia misma de la palabra
no tenía idea
hasta ahora
no tenía idea
se va haciendo más brillante
como Virginia despertándose en la mañana a sus veinte años
resplandor fugaz, absoluto, silencio corpóreo en su piel
blanqueándose cada vez más
el templo
mi pleamar solar
tan solo se prenden a su estela en el cielo...
creciéndome en mí
el propio árbol de su verbo:

vuelo

y sigue y sigue goteando
ahora se revela
a sí misma
circular
absoluta

me doy cuenta:
espíritu
materia
sin espejos
hermanos de sangre
poesía
son desde allí:

antes de soñarse
siempre
siempre fue la Luna.



En los ojos del siempre


Llevo la danza llameante de la materia al borde de la boca.
Coliden inmensas las frases primigenias de Dios,
llaman al campo fecundo que circula por la sangre
como pulsos de un faro cuya luz apenas recordamos,
ellos les dicen “bosones”, de Higgs,
aquél golpeado por el mar inmenso e imposible que nos habita
y solo puedo entregarle un breve susurro
quién sabe si de la música entre las músicas
tal vez, la poesía
tensa en su arco donde vibra el mundo
volviéndose y girando, más que danzando: hablando tan de sí
verdadera, no en sí y su envés,
armónica y amorosa como los derviches
girando, las letras del poema…
¿Las mueve Dios?
¿Coliden entre ellas?
Quién sabe.

El par de letras reunidas por una voz soñada de mujer
Ese “no”, la piedra extraña y maravillosa, el silencio que es en sí mismo, sabio
sea la sangre de la frase
que estalle plena en luz
nos haga ser, viéndonos íngrimos
como la hoja en blanco
pues será la espera y la semilla indivisas:
música roja e inmensa del cuerpo
Eros dividiendo de un tajo la piedra de Sísifo insomne,
doliéndose a sí mismo en nosotros
tanto, tanto
que en su por fin podrá llorar en nuestras llameantes auroras
tal vez, aun sin lengua y voz en el instante
pueda volver a ser desde su habla, recordando su nombre
alguna vez “Alegría” …
Iremos hacia quienes somos
Y ese “no” se desbordará en una vocal inmensa, vibrante,
besando profundamente la de Siddharta…
No importará llegar a las Ítacas
Sin saberlo
Desde nosotros
Volverán a nacer:

La música
Abrazada
Despierta
Por completo perdida
En los ojos del siempre.




Llama transfigurada

para una descendiente del Shivá en Rishikesh…

El paso semiesférico de los días
enciende a ratos una llama que parpadea
desde el viaje al Estambul de primavera;
ciudad lejana solo en kilómetros.
Llama, a veces transfigurada en una lengua
que condensa en la palma de sus manos:
El girar consciente de nosotros con este antiguo hogar.
La mirada de un río al vacío que atraviesa todo.
La muerte, que no es muerte.
La ausencia, que no es ausencia.
Un púlsar rojo, cuyos estallidos intensos de energía alumbran u oscurecen el alma.
Condensaciones de la vida que permanece
en las manos de esa lengua, habitante de ese libro*
lengua que espera con paciencia en esas páginas
observando el cielo próximo a los polos;
está atenta al paso de la aurora boreal y austral
al fin, cuando las divise
saltará donde estén ellas, abrazando los verdes-turquesa de sus filamentos
transformándolas en murallas de fuego,
tan vez tan vivas tan incandescentes que toquen su alma
o sé si arderán las auroras o no
sé que me acercaré a su resplandor
recorriendo miles de kilómetros;
en transportes, a pie, con el pensamiento
hacia el polo Norte, Sur
o hacia un verdor que inunda los ojos
y un rumor que desemboca en el Atlántico.

*: Poemas Selectos, por Eugenio Montejo







Muchacha del alba

a “eMe” y a “Ye”;
luciérnagas en los desiertos de mi tránsito


Las eMe y Ye proyectadas en mí caen en un letargo cercano a la muerte
como un poema no escrito que se pierde en sus silencios y distancias tangibles
señaladas por el dedo índice de una muchacha
saliendo de la bóveda del amanecer
caminando sobre una curva del aura semiesférica de la Tierra, encendiendo las capas de
su resplandor azulado con su cobriza piel
hasta llegar al atardecer que observo
desplegando su alameda exterior a la exactitud de los símbolos
recorriéndola hasta llegar a mi habitación
sentada en una silla, con su vestido estampado de hojas multicolor
tal vez, las cuerdas,
la música que emana del vacío, tal vez, la gravedad cuántica
más que teorías, ellas puede que sean
en cuerpo y espíritu presente

apoyo mi cabeza sobre sus piernas
siento su mirada tierna
mientras sus caricias en mi cabello son el arado del tiempo que conmueve a mi ser
aprieto sus rodillas hasta que la ola rompe dentro de mi pecho
y lloro
porque eMe y Ye son espejismos;
mis lágrimas las recoge la muchacha en su mano derecha, llevándolas a la penumbra sin
recuerdos, luego encendiéndolas, creando nuevas luciérnagas desconocidas
no puedo soportar el incomparable cimbrado de esta ilusión o éxtasis
ahora que abrazo con toda mi fuerza
un verdadero corazón de la Poesía:
estallido esquivo y eterno
forjado en el nacimiento mismo del fuego.







                                                                                                               


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