miércoles, 12 de noviembre de 2014

IDA GRAMCKO. ESPECIAL DE POESÍA VENEZOLANA



Ida Gramcko fue una poeta, ensayista, dramaturga, cuentista y periodista que nació en Puerto Cabello, Venezuela el 11 de octubre de 1924 y falleció en Caracas el 2 de mayo de 1994. Ganó su primer premio de poesía a los 13 años. En 1977 recibe el Premio Nacional de Literatura habiendo obtenido antes el Premio "José Rafael Pocaterra" en Poesía (1961), Premio Municipal de Poesía (1962). El poeta Alfredo Silva Estrada en el prólogo de sus "Obras escogidas" (1988) señala que "Esta orfebre, esta artesano exuberante, este arquitecto del lenguaje, esta tejedora agilísima trenza y destrenza, entreteje conceptos, pensamientos, sentencias, definiciones primigenias, imágenes, metáforas, símbolos, integrando discursos insólitamente ritmados, construcciones únicas dentro del panorama de nuestra más alta poesía." y luego agrega que "La poesía de Ida Gramcko supone, fiel a su fundamentación conceptual, una violencia sobre la realidad, sobre las apariencias: irrupción abrupta, sacudimiento de lo real, ensanchamiento de mundos". Su hermana menor Elsa Gramcko (9 Abril 1925, Puerto Cabello — 1994, Caracas) fue una notable pintora y escultora abstracta.

Selección por Carlos García




VOZ

Hay alguien que llama desde remotas cimas,
hay una voz profunda que me pide estar cerca.
Los aires se arremansan en corrientes continuas
hasta fundir los ecos en la dormida piedra.

El camino es un paso que dio el gigante mundo
con sus botas de angustia, pensativas y negras;
era un viajero entonces, desamparado y rudo,
y con su andar de nave fue duplicando huellas.

A veces tengo alas. Los cabellos furtivos
se fugan entre ratos de las furias del viento,
las manos, como arañas, van tejiendo en sus giros
una red infinita de locura y de ensueño.

¡Llegaré hasta la cumbre! Tendré todas las flores
azules y mojadas que habitan en las cuevas,
y habrá un concierto claro de pájaros y voces
en la garganta virgen de la desnuda tierra.

Hay alguien que me llama desde remotas cimas
y voy tras su llamado como la humilde sierva:
manos y pies descalzos...entre luces y vidas,
hasta la voz profunda que me pide estar cerca.

De Umbral, 1941





ATIENDA AQUEL QUE DIJO

hallar dicha y sosiego
en un sueño beatífico y tranquilo;
atienda a lo que digo y lo que creo.
¿Sabes, nocturno amigo,
a qué cosa en verdad llamamos sueño?
Atiende, hermano mío,
sin pena y sin recelo,
yo, que he soñado, yo, que no he dormido,
te pregunto sin voz desde mi lecho:
¿crees que el sueño protege del abismo,
rescata del asalto y del incendio?
Yo, soñadora inmóvil, no he creído
en mi rostro apacible cuando duermo.
Lucho soñando, sórdida, conmigo,
con un pájaro extraño, con el viento,
con un agudo y afilado pico
que me horada las sienes y el cerebro
y dejo sangre en el cojín y heridos
flotan ardiendo, aullando, mis cabellos.
Soñador y sonámbulo es lo mismo.
Se va entre nieblas, huérfano.
¿Quién hiló las almohadas? ¿El olvido?
La mano movediza del recuerdo
con un sombrío ovillo
y tejió la crisálida del lienzo
con una larga víbora de lino
que se enrosca en el alma y en el cuerpo.
Atienda aquel que alguna vez me dijo
hallar quietud seráfica en el sueño;
atienda a mi creencia, a mi pregunta,
que es la de todo soñador despierto.
Creo en mi corazón, su llama oculta
bajo las sábanas, ardiendo.
Creo en mi sangre muda
corriendo como un río del infierno.
¿Cree alguien en la calma de las tumbas,
en la paz de los muertos?
Quieren creer... ¡No lo han creído nunca!
Descansa en paz, sólo es un gran deseo.
Descansa en paz, pero la paz no escucha;
descansa en paz, pero el descanso es ciego.
La muerte, insomne, mira hacia la lucha
y el sueño es el más íntimo desvelo.


De Poemas, 1952





ARRÁNCAME LAS ÁRIDAS RAÍCES,
déjame suspendida en el espacio, 
entre los vientos firmes. 
Allí se está como en un gran regazo
maternal y sin límites. 
Déjame con los pájaros, 
indagan lo invisible.
¡Ah, más allá del cielo se alza un árbol 
que sus alas indómitas persiguen! 
No lo han visto jamás y, sin embargo, 
creen sentir su rumor en los confines. 
Rumor de hojas distantes... Pero ¿acaso 
no lo vieron, gigante, en el origen 
primero de la vida, y en sus cantos 
no es la voz de la ausencia lo que aflige? 
Deja que suba a lo alto 
y que mi canto vibre. 
Canto la ausencia de algo, 
de una estrella enterrada en nubes grises. 
La sombra azul del árbol 
se dilata y me ciñe.
Déjame con los pájaros.
Soy una flor delimitada y triste.
Arráncame los pétalos y el tallo
y la fragancia, y líbrame.

De Poemas, 1952








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