miércoles, 25 de diciembre de 2013

Reseña sobre El frío de la fe, de Javier Flores. Por Adolfo Marchena



Sobre El frío de la fe de Javier Flores Letelier
Por Adolfo Marchena

La primera palabra es palabra de vida o de muerte. No existe tierra de nadie en este  conflicto de hombres y leyes, para descansar en paz de  tanta vacuidad y vacío, de tanto derroche y desprecio. La poesía de Javier Flores Letelier es un goteo  constante contra la roca de la impunidad, de las  sentencias equívocas, del recibo baldío. El autor  descarga su palabra contra el paredón de la injusticia y  algunos (muchos) males de la sociedad. De la tierra, de  esa que se vive y se respira, y que también se divide, se  parcela con alambradas o muros, o simples cuchillas. Olor a madrugada de otoño en un robledal a las  afueras. Olor duro de ambiente contra el desarraigo de  los pueblos y el olvido.   Poemas de versos extensos, de recorrido amplio, que  convocan a la reflexión y giran en torno a un ambiente  de cierta desazón, como si todo estuviese perdido.  Pero no: hay orgullo y lucha en el poema, exaltación y, aunque resulte contradictorio, miradas hacia adentro, hacia el fondo de uno mismo.  Javier Flores Letelier fusila contra el paredón  de la injusticia, de las generaciones sometidas y los imperios. En ese  recorrido, como decía, reina cierta desazón, y también un aire, musicalidad a lo  Leopoldo Mª Panero con  versos como: “Siente mis brazos entre los cadáveres, / la ceniza en el borde del abismo.” No es una comparativa poética, porque también me recuerda otro verso un poema de César Vallejo, cuando le pegaban en París, bajo un aguacero. Javier no es  ausente  “ante los monumentos  y los lúcidos insultos.” Un paraguas, el del dolor, que no se abre únicamente bajo la lluvia. El autor es sincero con lo que escribe, capaz de canalizar ese dolor  - que no derrota - con los  versos. Ondas que practican en los charcos y se extienden por las baldosas hasta calar los zapatos y los calcetines. Las imágenes y las metáforas se suceden en este libro de Fe, ideología oculta, con elementos de mitología, filosofía y simbología. No existe despiste alguno en el libro por ocultar la realidad del autor, plagada de referencias, también, a la historia. Sin embargo, Javier  Flores Letelier no cita a Nietsche, Ciorán, Dante o Petrarca. No nombra ni cita la capacidad si no la necesidad. El mundo, el planeta como un puzzle abstracto que necesita de la mano de los niños, conocedores de la verdad.


Existe mucha realidad, cotidianeidad, en este libro donde el frío de la fe parece evocarnos algo muerto, algo sin sentido repleto de reproches. La muerte frente al amor en sus inicios, la confesión a un sacerdote. Porque es necesario no sólo creer, también asimilar la creencia y trasmitir la idea, sobre todo trasmitir. A un pueblo imaginario y dormido, a una sensación, a la propia arista del poema. La Fe, dentro de esa ideología oculta, ese argumento para desperezar e instruir a la historia que siempre anduvo cabizbaja. Pero no como un revolucionario, un anarquista, un militar. No, bajo el mando y la acusación de la palabra convertida en poema. No, el poema en sí, “El frío de la Fe”, y esos apéndices que no diferencian, si no que dan continuidad, como el dios de la guerra o “las armas de los pobres”. 

Poemas, como dije, de ritmo elevado, donde se hace necesario tomar la respiración entre verso y verso, que suponen meandros en un valle noruego. Poemas que hay que interpretar en su lectura de a bordo, donde también se asesina al padre o la madre. Leer con calma, conteniendo la respiración, ya dije. No sé por qué se me ha metido en la cabeza que es, ésta, una obra que atiende muy bien al realismo onírico, donde Javier Flores Letelier le pone voz a la Fe y donde esgrime su orgullo  “porque jamás venderé la historia de mi hambre”;  un orgullo que, sin embargo, le permite racionalizar y focalizar los sentidos que muchas veces hibernamos.



Adolfo Marchena

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