jueves, 7 de noviembre de 2013

ADALBER SALAS. Poesía Actual de Venezuela



Adalber Salas Hernández. Caracas, 1987. Poeta, ensayista, traductor. Licenciado en Letras por la Universidad Católica Andrés Bello. Ganador del II Premio Nacional Universitario de Literatura en el rubro de Poesía con el libro La arena, el vidrio: ascenso en tres movimientos (Caracas, Editorial Equinoccio, 2008), así como autor de los poemarios Extranjero (Caracas, bid&co. editor, 2010; Bogotá, Común Presencia, 2012), Suturas (Caracas, bid&co. editor, 2011) y Heredar la tierra (Bogotá, Común Presencia, 2013). Asimismo, ha publicado el libro de ensayos Insomnios. Ensayos sobre poesía venezolana (Caracas, bid&co. editor, 2013). Ha sido incluido en las antologías La imagen, el verbo (UCAB, 2006) y Antología de poesía joven venezolana (bilingüe árabe-español, Universidad Internacional Libanesa, 2009). Recientemente ha sido publicada su traducción de El hombre atlántico, libro de Marguerite Duras inédito en castellano hasta el momento (Caracas, bid&co. editor, 2013). Textos suyos, tanto poesía como ensayo, han sido publicados en distintos medios periódicos, tanto nacionales como internacionales.




Textos pertenecientes al poemario Heredar la tierra (Bogotá, Común Presencia, 2013)





II


Por haber sucumbido
a la oscura tentación
de nacer,

por haber comido de este
pan árido,
encenizado,

por haber asentido
y entregado la frente
para recibir la saliva lustral
del tiempo,

por todo ello
estás aquí,

pisando esta tierra que siempre
te será infiel,
habitando su noche
sin párpados,

con tu desnudez balbuciente,

la misma desnudez
que sostiene el día
cuando se entrega
sin más

descubriendo el miedo ágrafo
de tener un rostro.





  

V


Tus pies
no recuerdan todavía
ningún paso.

Los espejos
no tienen derecho
sobre ti.

Y esa voz que será tu condena
no ha soplado aún
ceniza en tu garganta.

Hasta ahora
sólo has escuchado
un aleluya

comido en sus bordes
por el óxido,

raído como una madera vieja:

la lengua de lo que está más allá
o más acá de la piel.

En ti solamente hay
la arcilla pura del tiempo,

la tierra heredada
para ser perdida.

Solamente
la dura gracia
de haber nacido.



  



VI


Sin saberlo,
escribía buscando una palabra
que te recibiera.

Una palabra extensa,
larga como una muerte,
larga hacia ningún lugar

y tenue,
tan tenue,
que se confundiera por un momento
con la vida.

Una palabra
tejida con sonidos ínfimos,
con esas preguntas desahuciadas
que también tejen la noche
sin confesarlo.

Una palabra que pudieras usar
para cubrir tus pasos,
para nunca andar descalza
por las calles, entre los edificios
cariados de tanta lluvia.

Una palabra, en fin,
que sirviera para remendar el cielo
de vez en cuando.




  



VIII


Al recién nacido
hay que darle de inmediato
un nombre.

Al que ha salido
de la negra violencia del parto,

todavía húmedo de no existir,

hay que nombrarlo,
para borrar de sus manos y
de su respiración
el susurro de otro océano,

para contener
el barro incierto de su carne,

hay que conjurar
ese lugar del que ha venido,
la marea brutal
que lo ha abandonado
entre nosotros,

sobre esta tierra que deberá caminar,
cuyo vientre espeso
está repleto de palabras
que nadie recuerda.






XI


Amasar un salmo bajo el sol
con aserrín y aliento y agujas,

un salmo que no quepa en los bolsillos,
que pese en la boca
con la rabia dulce del mediodía.

Un salmo con arritmia y sin dios,
que destile un líquido hondo,
despierto,
que pueda beberse de un solo trago.

Un salmo que cante
los dones difíciles, los dones arduos,
los frutos que caen,
rotundos como juicios,
en la mirada.

Una alabanza que haya decidido
permanecer en un mismo lugar,
sin mendigar vocablos
ni engañar a la lengua:

que prefiera quedarse en la sed,
en esa paciencia cruel
como una canícula,

donde pueda ser para ti
pulpa inhóspita,
sequía vertical,

cadencia de un fulgor que no cesa.

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