lunes, 24 de junio de 2013

MARCELA PARRA. Poesía Actual de Chile




Marcela Parra (Temuco, Chile 1981) Es poeta y compositora e intérprete musical. Como poeta, ha editado en Chile el libro Silabario, Mancha (2008, con re–edición española en 2012) y Ambulancia (2010, con re–edición argentina en 2011). Ha recibido el premio de poesía Enrique Lihn en el Concurso Nacional de Arte y Poesía Joven de la Universidad de Valparaíso/Chile, la Beca de Creación Literaria de la Fundación Pablo Neruda/Chile y del Consejo Nacional del Libro y la Lectura del Gobierno de Chile. Su obra ha sido antologada en diversos medios en Chile, Argentina, Perú, México, España y Reino Unido. Sus composiciones presentan un cruce entre el folklore latinoamericano y europeo, diferentes corrientes del rock, música contemporánea del mundo y música objetual. Participa además como vocalista y bajista en el proyecto Tábano: garage–fusión chileno. Ha editado como solista el E.P Astronautas en la playa en 2008, y junto a Licántropa, el disco Agüitaperra. Como solista, ha realizado presentaciones en Chile, Portugal, España y China. En 2010 recibe el tercer lugar en el concurso internacional de cantautores Abril para Vivir, en la ciudad de Granada.

Selección del libro Ambulancia, por Gladys Mendía.


Villanas

Pude ser la chica de los calendarios de Capel
que mi tío regalaba a mi papá en los ochenta.
La misma del taller de bicicleta del abuelo
la novia imaginaria de mi hermano
esa que mi prima dibujaba.
El vecino de la casa #640 me lo dijo
él me vio crecer desde la edad
que tienen sus dos hijas ahora
(de vez en cuando juego con ellas).
En la villa nos encuentran ricas a todas.
¿Será por el uso de material ligero
formando pliegues en casas y faldas?
¿Será que su metáfora no es el caviar
sino la Fanta con tacos de mortadela?
Qué calendario ni qué vecino.
Con mis hermanas a esas desnutridas
les declaramos lenta guerra.
Borrando sus dientes con lápiz pasta
poniendo bigotes y juntando cejas
porque mi madre rellenita cocinaba frente a ese muro.
A fines de diciembre el calendario daba risa y pena.
Sin embargo cada enero, con enemigo renovado
cargaríamos nuestros lápices para la próxima contienda.


Anotaciones negativas

No se depila, se pinta, no plancha la falda.
Imita a los que fuman, escarba su entrepierna
con un espejo y se lo comenta a sus compañeras.
Tiene dos amigas para comer helados de agua
que se pegan en la lengua. Juntas persiguen
a chicos que no conocen y les ponen nombres
pretendiendo que son sus novios
llegando incluso a la autopolución.
Se vuela con nuez moscada o con cáscaras de plátano,
rebana sus brazos con un tip top
(eso lo hace todo el grupo curso, todas se fabrican tatuajes
como si el colegio fuese la cana).
Orinaron paradas afuera de la disco que se hacía en el gimnasio,
acto en honor al perro gris y polvoriento
que enterraron en nuestro patio,
medio en broma, medio en serio.
Camina hasta su casa porque no encuentra el monedero
ensayando su primer amor en el reverso de la mano
mientras espanta la borrachera con palmetazos de lluvia.
Confunde a la luna con una bola de espejos
Y se adueña de la pista, desafiando bocinas de bicicletas
y de unos cuantos autos viejos, que por más que lo intente
nunca  la  van  a  atropellar.


Vacaciones domésticas

Entre una ruma de muebles y de ropa
(escultura llena de bolsillos y cajones falsos)
chilla la honestidad con que se dobla
el cartón de la caja de tus nuevas zapatillas.
Hemos pasado tantas vacaciones en la casa
como el número de cerrojos sin llaves
que guardamos junto a un puñado de llaves sin cerrojos;
una pareja perfecta
que no funciona.
Simulaciones de oro y piedras preciosas
conforman las joyas de nuestro ascenso
a una mediocridad inofensiva.
Aunque detrás de todo trofeo siempre
habrá otro monumento que se impone:
Un día se asoma el plástico de las perlas, rompemos los bolsillos falsos y les hacemos un fondo cocido a
mano con una tela comprada por peso, suave, tornasol,
inflamable. Y así, seguimos turnando nuestras rondas al
rededor del núcleo de la centrífuga; un punto suspendido
en que nada se mueve y en torno al cual lo que sucede
a diario se apelotona y gira.
En la casa anterior siempre hubo
sacos en lugar de sábanas, sábanas en lugar de cortinas,
cortinas en lugar de manteles, frazadas en lugar de puertas.
Hemos comenzado a ordenar esta otra, como siempre;
sin ganas, y terminando obsesionados
con eliminar minúsculas manchas
y realizar costuras milimétricas.
Se nos pasa el día rebotando entre dos pisos
arrejuntados por una escalera sin barandas,
esparciendo cera por el suelo inclinado de la cocina
con la camiseta de unos ídolos que nadie recuerda.
Limpiamos sin querer, pensando en la nieve y un trineo.
En una navidad blanquecina que heredar,
antípoda de las abejas
de los orejones deshidratándose en el techo,
del espejismo en el manguereo callejero
que derretía en sol y agua el rostro de los niños.
Imaginando una alegría tosca, como un ramillete de malezas
extraídas de aquel patio hoy dudablemente enorme
custodiado por una perra mansa, mestiza
cuyos cachorros alguien hizo desaparecer.


Sonambulancia

Algunas noches, estando solos,
Se escuchan pasos que recorren el cuarto. El piso suena
y aparecen siluetas de reojo.
Sentimos su presencia por la espalda,
excusa para tomar un cuchillo inútil
contra aquellos que no tienen carne.
Qué nos enseñaron los siete años de ingeniería
las prácticas de laboratorio y los posgrados en el extranjero.
Tenemos miedo y volvemos a creer en los fantasmas.
No podemos ir al baño
porque al sentarnos en la cama, algo
nos puede tomar los pies y
¡sorpresa!
por eso casi nos hacemos encima.
Al cerrar los ojos, forzando el sueño
se proyectan sobre los párpados
imágenes horribles,
las que quinientas veces
replican hasta el amanecer.
Cuando un rayo de sol nos recuerda
que las tablas viejas crujen
y la llave del lavaplatos
sigue goteando. Que volvimos a rendirnos
ante el asecho de una garra amenazadora
que resultó ser por la mañana
la  tímida  silueta  de  un  arbusto.


Primeros auxilios

¿Te acuerdas cuando estábamos en el jardín infantil y le apretaste el dedo a esa niña con la puerta?
Cómo se llamaba. ¿Débora?
Siempre discutían porque ella decía que era tu
hermana de leche y tú no querías serlo. Débora no tenía
padre ni madre, la tuya en cambio, era directora del jardín
y las había amamantado a las dos. Tú no le hacías daño
a nadie sin que te lo hicieran primero, pero esa vez nos
sorprendimos todos y aún no sabemos si fue sin querer.
Corriste a la cocina mientras ella te seguía y cerraste con
fuerza para que no entrara, pero la puerta rebotó y tú
insistías en cerrarla. Hubo silencio, luego un chillido,
mocos y llanto. Mientras llegaba la ambulancia, tu madre
le hizo curaciones y te obligó a pedirle disculpas. Sus
lágrimas se sumergieron en el escote de la parvularia, y

fue  su  hija,  y  tu  enemiga,  y  sonreía.

No hay comentarios: