lunes, 3 de junio de 2013

Brevísima reseña arbitraria sobre la crónica CABEZAS CORTADAS de Denzil Romero

SOBRE LA CRÓNICA “CABEZAS CORTADAS”
DE DENZIL ROMERO
Por Gladys Mendía
                                                                                    
                                            

Denzil Romero (1938-1999) fue un gran escritor venezolano en la senda de la narrativa histórica con elementos ficcionales; lo que Serge Doubrovski llamó en los setentas: Autoficción. Ha sido incluido dentro de la llamada narrativa neobarroca, que según Omar Calabrese (La era neobarroca, Madrid, 1989, p.44-196), posee ciertas características (que se observan en nuestro autor a lo largo de su obra), como: “ritmo y repetición, límite y exceso, detalle y fragmento, inestabilidad y metamorfosis, desorden y caos, nudo y laberinto, complejidad y disipación…y distorción y perversión”.
Tierno vocero de su pueblo Aragua de Barcelona, en muchas de sus crónicas remite a pasajes y personajes de su infancia. En general, su obra se caracteriza por no aferrarse a la linealidad temporal, dando como resultado una atractiva alteración del tiempo y una fantástica subversión de lo considerado real.

He elegido del libro El Invencionero (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2004), una crónica titulada “CABEZAS CORTADAS”, escrita en 1979. Son seis párrafos breves y ágiles, donde predomina la figura literaria de la imagen. El narrador describe varias historias de personajes que aunque han sido degollados, las cabezas siguen funcionando separadas de sus cuerpos. El primero es un soldado-poeta llamado Gublio, quien después de quedar decapitado en una batalla, con su cabeza en la mano, se levanta ante el ejército (romano) contrario y les recita en verso predicciones sobre su futura caída a manos de un pueblo de Asia; cosa que no se cumple, ya que fueron los pueblos del norte los que hicieron caer el imperio romano. El narrador especifica que Collín de Plancy en su Diccionario Infernal (París, 1839), aclara que debido a lo erróneo de la predicción, alguien se equivoca, el finado o los que refieren esta historia (M. Salgués y Pelgón). Luego es Aristóteles el citado, quien fue testigo de algo parecido, un sacerdote de Júpiter luego de ser decapitado, señala al asesino, quien fue preso, juzgado y condenado. Continúa con un cuento escrito por Norman Mailer, titulado “Eso” y que narra la historia de un soldado que en batalla pierde su cabeza y sigue su cuerpo caminando hasta verse separado y reconociendo su muerte cae al piso. Ya casi finalizando la crónica, nos dice el narrador que su propia madre le cuenta una historia similar y especificando que su madre no tiene conocimientos referentes a esta tenebrosa curiosidad, le dice que ella había sido testigo de un incidente años atrás en La Margarita del Llano, resulta que un campesino por cuestiones de celos mata a su mujer, le quita la cabeza; lo curioso, es que la cabeza de la mujer sigue renegando de la acusación, a todas estas, el marido se va, se interna en el monte y nadie sabe de su paradero. Ninguna persona se hace cargo de la cabeza parlanchina por lo que continúa con los ojos abiertos y protestando, en cambio, su cuerpo tiene un cruel fin al ser comido por los zamuros. El final de esta crónica se resuelve genialmente y es por la inclusión del verbo materno,  afirmando que así se lo cuenta ella, al igual que el diccionario, el filósofo griego y el escritor. Todos en una misma línea de credibilidad.

Si revisamos el año en que fue escrita esta crónica, 1979, vemos que la escritora venezolana Elisa Lerner publica su libro de crónicas Yo amo a Columbo o la pasión dispersa, por lo que podemos reflexionar que en esa época Denzil Romero no estaba solo en su propuesta de unir la ficción literaria con la autobiografía. También podemos nombrar a Alfredo Armas Alfonso, quien al igual que Lerner, publica en el ´79 su libro Angelaciones, conteniendo crónicas nostálgicas, en las que el personaje materno está muy presente.
Es constante en estos escritores venezolanos, la necesidad de hacer trascender su memoria personal unida a la de sus pueblos natales a través de la escritura.

He leído del mismo autor un cuento de su libro Lugar de crónica (1985), titulado “EL ASTROLABIO”, donde se repite la misma fórmula autoficcional de “CABEZAS CORTADAS”; inicia el cuento con la referencia de su pueblo natal, Aragua de Barcelona y el objeto maravilloso que su abuelo encontró en esas tierras.

El subgénero de la crónica tiene unas características especiales, hay un orden cronológico (en el caso de Romero, es intervenido en algunos casos), puede emplear diversas formas de expresión como la autobiografía, la biografía, la carta, el diario, el ensayo, la reseña o la entrevista.

La crónica literaria se destaca por su brevedad y por esto mismo, en pocas líneas, debe causar un efecto atractivo para el lector. Para cautivar, usa el humor negro, la ironía, la oralidad o el lirismo. El cronista es un investigador de lo cotidiano, usa su memoria sobre eventos reales y en ese ejercicio de llenar espacios intermedios, nace la ficción, esa subjetividad desde donde el narrador nos habla. Es por estas herramientas que tienen que ver con la memoria, la imaginación, la ensoñación, que se produce una exageración de la realidad, que justamente es lo encantador de una crónica.

En la crónica de Romero, se nos relata una serie de historias con un eje central común, las cabezas que separadas del cuerpo, continúan con vida. Hay un hilo conductor que da solidez al relato, así como veracidad (aun siendo naturalmente, un hecho imposible), ya que cita las fuentes fidedignas de donde las ha recogido; pero casi al finalizar, está ese toque tierno, dulce, que evoca al nombrar a su madre, quien le cuenta su propia crónica, la del marido celoso que decapita a su mujer infiel. Este detalle en la línea final es absoluto, pone a la madre a la par del diccionario, el escritor y el personaje histórico de los cuales ha sacado la información de las otras historias. El verbo materno tiene la misma credibilidad y peso que la historia y la literatura, parece obvio, pero en muchos casos de la narrativa no lo es.
Romero narra:
Así me lo contó mi madre, hace mucho tiempo; como Norman Mailer, y Aristóteles, y M. Salgués, y Collin de Plancy.

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