viernes, 12 de octubre de 2012

Ensayo sobre la poeta cubana Dulce María Loynaz.Por Miladis Hernández Acosta


NAUFRAGIOS
Qué es el hombre a su paso por el mundo.
San Buenaventura.

Desde una lejanía hacia otra, se traza el vasto peregrinar de la autora de los Poemas náufragos, el contenido de los mismos recae en el giro peculiar de los íntimos naufragios evocados en su memoria, que supo salvar sus mejores cosechas en tiempos disímiles, en distintos cauces del espíritu para proporcionarnos su inexorable interpretación del mundo bajo cierto pensamiento ilustrado. La autora recrea con autonomía su prosa para separarla de todo dogma y usar la libertad de estilo que le es personal, y cuya última razón hay que explorar en la inspiración agustiniana y franciscana en su especulación espiritual; es decir, de la anteposición del corazón y el conocimiento. Ergo replanteada comunión con la naturaleza.
Por su concepción del pensamiento como iluminación, con su escuela de razones eternas, indagadas en San Agustín, examinadas en la demostrabilidad del dogma de la creación en el tiempo, frente a Santo Tomás de Aquino que lo considera como piedra filosofal, se tendrá una idea bastante completa de lo que podríamos llamar “exposición tópica” en la poética de Dulce María Loynaz (La Habana, 1902). Esta calificación de “tópica” no implica aquí matiz peyorativo. Su manera de escribir se tornaría imprescindible si quisiéramos dar una visión filosófica y teológica a sus poemas. Pero la intención de estas anotaciones no está dirigida a saldar ese reto, sino a hacer perceptible el hondo acento de su mensaje. Ese acento lo encontraremos en el sentido total de su inteligencia crítica, que tiende a unificar el espíritu de los pueblos, la religiosidad de cada región y se expresa ante todo proyectando un itinerario del alma hacia Dios.  Ahí reside lo más personal de su fecundo genio. Basta con desentrañar a sus “Dos Nochebuenas”, “Nochebuena en Granada” y la “La Paz, 24 de Diciembre de 1845”, que revelan ese don de energía universal para juntar los pueblos y la culturas; las razas de Europa y América, las vírgenes multicolores, en el designio navideño.
La catedral de los Poemas náufragos no está enclavada en ningún centro específico del mundo. Su proyección se desplaza por todos los puertos del Universo. Alcanza una espaciedad ilimitada, una alta perspectiva de construcciones cosmogónicas, religiosas, metafísicas, cuya sumaria exposición puede hacernos comprender hasta dónde su autora pudo semantizar sus experiencias. A pesar de retratar con fiel precisión todas las imágenes registradas a su paso, los naufragios de estas “Dos Nochebuenas”, edificadas entre su pasado y su presente, van a tipificar su privación con lo exterior, y por ende actúan como acicate de todo cuanto bulle afuera, consumiéndose (ella) como una genuina observadora que palpa los sucesos bajo una determinada vida del espíritu. Me atrevo a señalar que Dulce María aporta una contribución esencial a la superación de lo que Martín Heidegger ha llamado la ontoteología, en la cual la esencia del Ser revela un don.  Aquí las imágenes son expresiones del fondo íntimo de su voz, haciendo de su obra un testimonio vivo de una experiencia cristiana, vivida bajo una memoria tridentina, con palabras que signan el mensaje de los Evangelios, como meta ideal en su afán de adoctrinar con fórmulas poéticas a sus lectores. Dulce María siempre pensó en ellos a pesar del encierro. Se expresa como Kant (el espíritu lleva el mundo, pero el mundo lleva el espíritu, y que no existe sujeto sin objeto, como tampoco objeto sin sujeto).
El segundo plano de reflexión es el de la antropología, del don insertado en esa ontología. Ella posee la facultad de renuncia, se olvida de sí trasladando su alma al otro, y también en el amor a la belleza del mundo. Esto se patentiza cuando el alma renuncia a ser el centro del mundo y consiente la totalidad de todo lo que existe.
Mediante una poética intelectiva y por demás sensorial, ahonda su misión de observadora con palabras exactas, pero manteniéndose hostil a toda exhibición personal. Abisma su silencio para polemizar con todo cuanto bulle afuera.  Agita una teoría requerida para su lector, regida por el amor y también por la fijeza de los documentos al comparar una Nochebuena en América y otra en la vieja metrópoli española que tienden a emparentarse bajo los encantamientos, propensos para rendirnos en un acto de fe, focalizado por su erudición, lejos de dogmas y reconsiderando siempre su propia existencia. Existencialismo que se expresa por medio del conocimiento,  de un existir en la poesía como única propuesta.

La Nochebuena ha sido un poco triste; a mí hace ya mucho tiempo que me parecen tristes todas las Nochebuenas…
Veo en la calle los últimos restos de los puestecillos de por la mañana: En la sombra hay confusión de tablones y trapos mojados…”35

Legitima en lo circundante aseverando una temporalidad de inéditas sintonías. Inscribe los detalles como resistencia para dejar en suspenso sus temeridades, como todo ser modifica el miedo,  limpia sus imperfecciones naturales, busca con afán todo lo puede ser dignificado. El peregrinar es un andar que produce nuevas conexiones. Es también el medio empleado para la purificación y la gloria de esa soledad que traba en su andar, y que en otro espacio de tiempo somete su tristeza, proyecta una mente transformada para transcribir sus especulaciones.
La autora de los Poemas náufragos, especula desde la turbación del encierro y fuera de él, rastrea en lo inaudito para relatar sus impresiones. Las interconexiones establecidas no sólo se logran  tras la fuerza del símil, sino que se adhieren a lo folclórico puesto que hay un durar de la vida humana, una prolongación de lo sonoro y de lo visual cuando compara los rasgos más significativos de la “Nochebuena en Granada” y “La Paz, 24 de Diciembre de 1845”.                                          
Sin mudarse de su posición,  sumergida en la totalidad de los símbolos, absorta sobre todo cuanto agita, gana en la confirmación de sus herramientas para oficiar su poesía, para devenir en versos como único bruñimiento del espíritu.

“Nochebuena en Granada: La gitanería de la montaña ha bajado por la tarde y en el Albayzín se alegra a la zambra…”36
¡Nochebuena en la Paz…! Y qué rosas tan lindas en los rosales! Rosas amarillas, anaranjadas, que amanecieron esta mañana cubiertas de escarcha”37

En el trasfondo de su ejercicio escritural se hace visible su carácter observador, propenso a reprobar su concepción del mundo. Esta concepción reclama a lo cosmológico.  Se torna imaginativa al proyectar una prolongación de sucesos acentuando en lo temporal. Unificando todo cuanto le resulte fructífero, y eminentemente sorpresivo. De ahí que sea un caso raro para nuestros tiempos. Exquisita para nuestros días en que apenas se encuentran genios entre algunos artistas y renovadores estéticos a títulos de supervivencias y de pasada.
Víctor Hugo veía en cada letra del alfabeto la imitación figurada de uno de los objetos esenciales del saber humano. Por ejemplo, veía en la A el techo de la casa, con su tejado, travesaño que corta el arco, arx; D espalda; E, basamento, la repisa, etc. Para Dulce María, las rosas, los robles, los cerezos, los castañeros, los olmos, los sauces, las montañas y ríos forman toda una cúpula celestial. Los astros y los seres humanos sirven de paradigma para nombrar las cosas. Los hombres, el cuerpo humano, los martirios, los sufrimientos, la sangre, las vírgenes y la muerte van a ilustrar su misterio.  “Una mujer india amamanta a su hijo, sentada en la acera; por un momento el niño suelta el pecho dorado redondo para mirar el sol redondo y dorado, otro pecho también para él, cuya leche quisiera probar densa caliente”.38

En su epifanía americana el niño indio personifica el nacimiento de Cristo, cobra vida desde los pechos de la mujer india bajo imágenes tan francas que transparentan la realidad del hombre americano. En el mismo orden que realza sus descripciones –subyace- extasiada, y nos regala un plano –guía que dilucida lo que obtiene de la naturaleza. Prepara al viajero para interpretar y recorrer todos los paisajes andinos con su peculiar topografía, diversa en todas sus magnitudes, tipificando todas las regiones que atraviesa como obras divinas. Prosiguen las iglesias, los mercados, los reyes, los maizales, los genuinos frutos. Esparce la geometría concéntrica del mundo ante sus ojos. América y Europa se resumen en un prisma multicolor. Escala con mucho cuidado para no salirse del límite expresivo que ha trazado. En ese borde rejuegan los ríos y las montañas, el agua navideña llega al cauce de la vida, la nieve se cubre con sangre humana. Todo está comprimido en su alfabeto cosmogónico; las letras, las palabras están a merced de su forma, del exquisito gusto, para mostrarnos a la mujer que describe al mundo desde su Torre de Babel enclavada en su trasiego y recuperación de recuerdos. La poesía es también un coto cerrado de la memoria que se transporta. Es un modo de recepción. Una industria callada de figuraciones.  En la poética de Dulce María Loynaz los objetos cobran vida,  se transparentan contornos místicos, espectros cuyos matices evocan ese animismo. Armoniza todo el ambiente que le rodea, todo lo efímero o todo lo eterno se decretan sobre la ordenación de lo bello. Es una reformadora misteriosa que nos guía en la búsqueda constante de imágenes vivaces, una intérprete que reacciona ante lo real o lo irreal. Nos brinda a su vez la solidez de su cultura, su pensamiento racional.
Este raciocinio se fragmenta con la dinámica del pensamiento filosófico que retoma de sus pensadores religiosos medievales. La poetisa detecta que en la tierra, como en el cielo, todo es signo, todo es animismo figurado, y lo visible solo vale por lo invisible que encierra. Las plantas, los animales, objetos sagrados, escapularios, rosarios, telas de santos, ídolos, criaturas legendarias, espíritus y fantasmas, los sueños; toda imagen se convierte en las“Dos Nochebuenas”, en materia de interpretación, donde todos los miembros del cuerpo humano son emblemas, insignias, símbolos, etc. Supone, adivina, intuye que la cabeza del niño indio es un Cristo viviente. Los cabellos los santos, las piernas los apóstoles, los ojos, la contemplación del mundo. Detecta además el simbolismo de las catedrales, se envuelve en el misterio de los murales, vitrales, arcos. Las torres son la oración de los fieles; las columnas los apóstoles; las piedras y los cimientos, la asamblea; las ventanas son los órganos de los sentidos; los contrafuertes y los puentes levantes son la presencia de lo divino. Y así continúa el naufragio hasta decantar los más íntimos detalles de su sagrario de versos.
Por lo general se ha identificado la imaginación mística con la imaginación religiosa. Para esta criatura que naufraga, y que va marcando todos los espacios por donde transita en su intenso peregrinar, todas las religiones, por lejanas o cercanas, por rudimentarias o pobres que sean, suponen un misticismo latente. Su confesional testimonio de viajera nos ofrece cierto deísmo que ensancha a su vez con un extraño panteísmo, de manera bien estratificada que los sentidos no alcanzan.  En las “Dos Nochebuenas”, desfila por ese margen desigual de los dioses para aparejarlos en un sólo panteón. Se representan episodios históricos, sucesos culturales estrictamente utilitarios, donde la agonía y a la alegría prevalecen en forma de cantos. Estos dos poemas ilustran situaciones diferentes de la historia que oscilan con sus horrores, como contra–choque gnoseológico.
“Nochebuena en granada” procrea la canción, sofoca con el ritmo, acentúa la armonía. Todo demuestra que coexiste un romancillo que la autora revitaliza, donde la plástica, la música, el verso enfatizan los desconciertos del alma. La emoción se embriaga con intrínseca gracia. La autora nos involucra con tenues palmadas,  preludia con eficacia, nos arrastra al viaje Ontológico con  la alegre confirmación de sus pasos.
La “Nochebuena en Granada”, a contraluz con “La paz, 24 de Diciembre de 1845”, se disipa para enlazar dos culturas, como rejuego y ligamento de una conquista y una colonización. En ese dualismo acampan los dioses de la Alhambra con los idolillos de los hombres del sol. Respiramos una epicidad que le es consustancial, en el momento de ensanchar ambas estampas unidas dentro de una espontánea fotografía.
Ambas remembranzas, narradas en tiempo y espacio muy diferentes, desconciertan en su significado extensional. Sus versos designan y edifican los fenómenos, las acciones y los matices. En ambos casos hay un quehacer citadino que percute sin mutismo, que tiende a yuxtaponerse, a supeditarse arbitrando en la visualización de los espacios escogidos con vigor. La cronista certifica su logos con plurísimos sucesos, se aproxima a lo sociológico; igual  recontextualiza lo antropológico, se reserva para sí un modo de narrar muy particular, donde no hace falta revelar desgarraduras, ni hacer tangible el dolor; el dolor discurre a modo callado, está implícito es su voz, posee un peso corporal, procede y se reevalúa desde su condición primigenia.  En “La paz, 24 de Diciembre de 1845, ovaciona la estampa andina con un mustio eco. Su perspectiva gnoseológica hace soluble una extraordinaria heterogeneidad de entornos.  Cobra vida un antiguo argumento bajo la supervisión de un Ser que conceptúa los atrayentes. Ensaya un claro humanismo, nada artificioso, pero acredita un ascetismo que deja su impronta en esos lugares que se imprimen en la conciencia.
Dulce María no rebasa el correlato ontológico de la poetisa chilena Gabriela Mistral en lo concerniente a revaluar la atmósfera andina. El sello poético de Gabriela se funde en la desazón de los velos místicos para validar mágicamente los pasajes americanos.
No hay en toda la obra de Gabriela Mistral y por lo mismo en su vida, que esté al margen de lo íntimo y esencialmente religioso; lo sagrado en su espiritualidad y en su pensamiento, en la palabra y en su gesto de quien quiso ser siempre la mujer de la Biblia. Es decir, la Sara vieja de su libro  Tala o la Rut moabita espigando en  las eras de  Desolación. Su valle natural es, el paisaje humano y geográfico del antigua Testamento.39
Resultaría espinoso poder diferenciar ese sello místico entre la Sara de Chile sacrificada en las raíces andinas, con la Judit de la Habana muy ensimismada en sus dones, lo cierto es, que al adentrar el ojo para validar  nuestra América, Gabriela Mistral sobrepasa esta meta por encima de Dulce María Loynaz. En toda su obra se respira todo el misterio que resguarda a América, el regazo de lo tradicional se ahonda bajo una huella más palpable para poseer  todas las heridas. “Lo autóctono lima con deleite, gracia y dolor”. Gabriela sabe nombrar donosamente las estampas de Sor Juana Inés de la Cruz, recoge con fidelidad los recados de Fray Bartolomé, penetra en los lugares sagrados en esa inmolación del indígena con la devota consumación de dolor con una lengua cotidiana, conversacional va a tipificar una escritura única y novedosa, cargando con lo arcaico y lo criollo, lo indígena y lo español”.
 [] Más que regazo hay, en verdad una proyección mayor y honda de los asuntos o bultos corporales que le importaron, la tierra y sus frutos, la naturaleza y las culturales, los viajes y los pueblos, los paisajes y la gente…
[] Para transfigurar este deliquio americano Gabriela Mistral confesaba: [] “Errante y todo soy una tradicionalista risible que sigue viviendo en el valle Elqui de su infancia”.
[] Y desde este valle  Elqui va a donarnos ese pesebre navideño de los niños americanos, con la mustia oración andina, va a sacrificar los toros salvajes de esa cordillera como nube despeñada contra el infinito de estas tierras…40
Ambas apostolizan un discurso místico sobre nuestro continente, pero a diferencia de Dulce María, Gabriela va a naturalizar ese sello de permanencia al perpetrar los sudores del indio. América fue su desvelo permanente; pasión y destino.
Dulce María es la airosa observadora que se adhiere en su contemplación; es el viajero. El Ser que circunscribe sus emociones en el tránsito atareado de sus pasos. Organiza su imaginación en anotaciones que concurren en un dualismo de sensaciones desde sus respectivas cosmovisiones. Hay una dicotomía entre lo natural y lo artificioso. Percibimos una cuasi  frustración con esa realidad que investiga. Una resignación ante lo que no puede cambiar, y ni siquiera sustituir. Resignación que se ambientaliza en el éxtasis que reclama el propio trasiego. Discurre con mucha pasividad sin calar en el sopor de lo perenne.  Sin detener el paso y ahondar en esas huellas de permanencia; sus descripciones serán ligeras pinceladas, especulaciones recogidas en la agenda del caminante que diseña su ruta y se deslumbra con el hallazgo y/o se impresiona ante lo prístino.  Revela una accesibilidad en correspondencia con la naturaleza de la erudita meditativa que se accidenta en su contemplación. Es obvio que reposa bajo el bienestar, bajo favorecidas circunstancias  sociales y económicas que recaen en su erario familiar, en el desenvolvimiento de esas riquezas que le permitieron recorrer el mundo y ampliar su caudal cognoscitivo, que supo plasmar en toda su obra. No se trata de que se muestre indiferente frente aquellas realidades de América. Todo lo contrario, las “Dos Nochebuenas” decantan ese grito, pero que su poesía en general tuvo otro interés, otros elementos, marcados por su continua confrontación; primero con su  impronta de cubanía; segundo con la cultura greco–judaica; y por último un constante acceso con las fuentes documentales de la Cultura Occidental. Por ende, su cónclave poético entre la Granada española y La Paz boliviana evocan los fenómenos bajo otro paradigma, filtrado ante todo por sus experiencias de viajera, de erudita que asimila con  mucha sensibilidad todo cuanto van absorbiendo sus ojos, presentándose a lo largo de su recorrido un distanciamiento natural, una interacción con los documentos epocales espolvoreados con emoción. Y aún así nos regala este cuadro: Nochebuena en La Paz… Los indios también celebran a su modo el Nacimiento del Niño Dios. Para ellos, el niño Jesús tiene piel amarilla, el pelo negro y desflecado, la boca muda como sus hijos; por lo tanto eligen para que sea en este día el Divino Recién Nacido, a un de sus infantes, el que les parece más sano y más hermoso.41

Su imaginación mística no está solamente confinada en los límites plausibles del pensamiento religioso, aunque en este tópico, es donde su misticismo alcanza su más alta y completa expresión, como lo demuestra el citado cuadro poético. Bajo su égida espiritual se entrelazan esos eslabones antagónicos inspeccionados entre la razón y la imaginación que, en última instancia, es tal vez lo que no le permite, rendirse ante ningún dogma. Esta imaginación subsiste en lo sensible, emerge desde los palimpsestos culturales que con mucha independencia deletrea; por tanto, jamás su poética se torna dogmática ni inquisitiva, más bien en una renovadora del misticismo poético, donde el mito, ya sea familiar o sacado de su intenso peregrinar, del potable mundo de ideas que continuas veces extrajo de las Sagradas Escrituras, de los fenómenos, o estereotipos, ya sean rastreados en el eco de la historia o de los paradigmas filosóficas, son convertidos en símbolos. Los estados emotivos no pueden quedar al margen de Dios, fuera de esa franja que es su memoria donde supongo depone los resentimientos humanos. El recelo de su interior; la imposibilidad de llegar a conclusiones finales, a carnalizar el núcleo teorético de las “Dos Nochebuena”, más allá del significado etimológico tiene, necesariamente que expulsarlos, propagarlos con cánticos, con Salmos y Cantares. Tiene que apelar al símbolo; porque en el símbolo hay siempre algo exterior a su representación teórica que constituye una búsqueda de luminosidades. El símbolo loynaciano se puede definir como ((signo y metáfora)): metáforas muy escondidas; cerrojo provisional que remite a una realidad objetivable para rendir versos que se determinan en el espacio donde surgen y en el tiempo donde se condensan. Las ideas abstractas y los conceptos puros conviven en la naturaleza de su espíritu. La relación entre el hombre y la divinidad, que nunca es cognoscible de manera exhaustiva, aparece apaciguado por la poesía,  La sombra de Dios es calcada en las diversas formas, en las múltiples observaciones; esta relación enciende los sentidos para validar con el verso atrevido, desafiante. Con sus alegorías vigoriza las encarnaciones, las mediaciones, y se empecina en salvar todo cuanto describe. En los Poemas náufragos hay una re –mitificación de los ídolos, elaborados por una imaginación compensadora. Su autora sabía que, para vencerlos había que volver a las raíces, y que esas raíces podemos recuperarlas en los mitos. Los episodios representados, fotografiados, los ritos  tautológicos pasan a ser laminarios de hipótesis para la mujer, que se convierte en Buda venerando las disposiciones a la piedad, y a la resignación, la que vigila con esmero el oficio creador como finalidad suprema.
Jamás encontraremos en la poética sagaz, mesurada y elocuente de Dulce María imágenes secas, paisajes roídos, tierras baldías, lugares despoblados; sino sitios húmedos, lagos silenciosos, ríos despeñados, pueblos hacinados, baldeados por la vida, mares que trinan en su memoria que, a manera de palabras, pasan por un declive de resonancias para tactar los sitios secretos del pasado donde expía sus más logradas conexiones. Estos poemas poseen una esencia unificadora.  Despliegan una sustanciación de -inconclusas interconexiones-. Dulce reinterpreta dos “culturas” como “unidades espirituales” enfocadas en una ((extensión sin fronteras)). En dicha cultedad emula un omnisciente que incluye amen de su tesis gnoseológica, una enajenación, una acentuada personalización para estandarizar los axiomas, sensible frente a la novedad y el hallazgo; más allá de los plurisignificados, en lo concerniente al oxímoron hegeliano: evocar el drama de las historias que describe como poesía, y en el drama de la poesía como historia; su concreción última fue: establecer códigos secretos, ensalmos de imágenes para unir en un sólo fondo; el ritual navideño de ambas regiones.
Cuando se busca la diferencia entre el simbolismo religioso y el simbolismo metafísico se puede expiar en la naturaleza de los elementos constitutivos ocultos en el sentir religioso. El simbolismo místico de los poemas náufragos, con todas sus piezas consta de dos elementos principales: la imaginación desbordante, y lo que se mantiene contraído en el sentimiento condicionado por su espiritualidad, orientada por el sentido metafísico, que elucubra en lo ignoto y perpetúa esta imaginación con el elemento razonador preservado en su pensamiento.
La música, la palabra, el lenguaje transparente se reúnen para formar una obra de arte acodada en el drama litúrgico. La Navidad con su pesebre, con sus ángeles anunciadores, con la adoración de los pastores, con su estrella premonitoria, indicadora del camino a los Reyes Magos hacen que la pasión y la fe de cada pueblo sean presentados como una delicada ceremonia que unifica, sin fronteras físicas, el aliento común de ambos hemisferios.



35Dulce María Loynaz, Ob. Cit., p. 53.
36 Dulce María Loynaz, Ob. Cit., p. 51
37Ibídem, p. 54.
38 Dulce María Loynaz, Ob. Cit., p. 54.
39 Jaime Quezada: Gabriela Mistral, pp. 24 y25.
40 Jaime Quezada: Ob. Cit., pág 29.
41 Dulce María Loynaz, Ob. Cit., p. 59.



Miladis Hernández Acosta, (Guantánamo, 1968). Lic. en Historia. Universidad de Oriente. Poeta y ensayista.  Ha publicado los poemarios Diario de una paria (1994) y La burla del vacío (1995), ambos por la Ed. Oriente; Los filos del barro (2000 y 2009) y Memorias del abismo (2004), por la Ed. El Mar y la Montaña; El conjuro de las runas (Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, 2004), Salmos para el hastío (Ediciones Vitral, Obispado Pinar del Río, 2005), El libro de los prójimos (Ediciones UNIÓN, Ciudad de La Habana, 2010), La Armada Tristeza Invencible (Ediciones Ácana, Camagüey, 2009) y La sombra que pasa (Ed. Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 2010). Sus poemas han aparecido en revistas nacionales y extranjeras, tales como La Gaceta de Cuba, Cauce, Debate, Señales, El Mar y la Montaña, Del Caribe, El Caserón, Fauces y Estrella del Sur, estas dos últimas de España; La puerta de los poetas (Francia), Prueba de Galera (Argentina), Luces y Sombras (España), Xilote (México), Sol Negro (Perú), Alhucema (España) y Decirdelagua (revista digital, EE.UU.), Videncia, Cuba, La siempreviva, Cuba y otras. Ha obtenido los premios Tomás Savignón 1992 y 1993, Regino E. Boti en poesía 1993, 1995 y 2000 y mención en ensayo en el 2000, Manuel Navarro Luna 1993, José María Heredia (premio 1995 y mención en el 2006), primer accésit en el 6to Concurso Internacional La Puerta de los Poetas (Francia, 1998), Premio Santiago 1994; premio Ángel Escobar 2002, mención especial en el Encuentro Iberoamericano sobre la poeta Dulce María Loynaz (2000), mención en el concurso Palma Real (Torino, Italia, 2003) y mención Alcorta 2009. Miembro del Grupo Interiorista. República Dominicana. Fundadora del Grupo Hispanoamericano Guantanamera 2006.  Miembro de la UNEAC y actual presidenta de la filial de escritores de Guantánamo.

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