jueves, 15 de diciembre de 2011

Marialuz Albuja Bayas. Poesía Actual de Ecuador




MARIALUZ ALBUJA BAYAS Quito, 1972. Magíster en Estudios de la Cultura, con mención en Literatura Hispanoamericana, por la Universidad Andina Simón Bolívar. Licenciada en Artes Liberales por la Universidad San Francisco de Quito. Estudios de Literatura Norteamericana en E.M.U., Harrisonburg, VA (EEUU), estudios de Literatura Francesa Contemporánea en Montpellier (Francia) y estudios de mandarín en la Universidad de Hexi, Tianjin (República Popular China).
Ha publicado los poemarios Las naranjas y el mar (1997), Llevo de la luna un rayo (1999), Paisaje de sal (2004), La voz habitada (coautora, 2008) y La pendiente imposible (2008), obra premiada y publicada por el Ministerio de Cultura del Ecuador. Su poemario inédito Detrás de la brisa ganó una mención de honor en el concurso César Dávila Andrade 2012. Sus textos han aparecido en revistas literarias y en antologías nacionales e internacionales (Argentina, México, España, Venezuela y Perú). Forma parte de la muestra permanente Prometeo Digital de la Academia Iberoamericana de Poesía. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, portugués, francés y euskera.
Ha representado al Ecuador en la Semana de la poesía de Bilbao, Pamplona y San Sebastián (2010), Feria del Libro de Santiago de Chile (2010), Festival Internacional de Poesía en Cartagena de Indias (2010), Encuentro de la Universidad Católica de Lima (2006), Festival Internacional de Poesía en Barranquilla –PoemaRío– (2011), Talleres de la Imaginación en la FLACSO y diversos eventos organizados por agrupaciones culturales a lo largo de la región.
Correo electrónico: mayayu5@hotmail.com



SIMULTÁNEAS ALREDEDOR DEL MUNDO

Recibo la llegada de la noche.
Golpeo el teclado
este hermoso piano de vocales y consonantes que lanzan su música inaudible
dejando que la ciudad se me escape lentamente por el oído izquierdo
mientras por el derecho me invade la tierra cruda que está del otro lado
los chaquiñanes detrás de mi casa…
Si los seguía me llevaban a la autopista
que sin saberlo rompe los montes
separa el campo

y mi madre
en su pequeño escarabajo por el camino empedrado
mientras yo, en la Gran Muralla,
bajo la luna llena
me recuesto.


Esta es la casa del padre
donde partimos el pan después de su regreso.
La casa del padre en la cima de una colina que el viento se come poco a poco.
La casa del padre bajo un cielo sin nubes.

El padre que abandonó
y que hoy alarga sus brazos por encima de los montes que nos separan.
El padre que ahora vuelve renovado
como quien regresa de otra tierra
para convertirse en dios.
El padre que no parece padre
porque las aguas de cientos de ríos han acariciado sus manos
y han sido degustadas por su boca.
Aguas doradas
dirigidas por el sol en su travesía hacia la muerte.
Aguas que de tan claras se olvidaron de su condición
para ser cielo o espejismo de la arena.

Esta es la casa que no tuvimos.
La casa de los sueños tardíos
donde los nevados acarician la garganta que despierta
y las estrellas se reflejan en los ojos del que duerme.
La casa donde no hemos cosechado porque no sembramos
y donde
pese a ello
creemos pertenecer.

Esta es la casa del padre.
Aquí habremos de llamarnos hijos suyos.
Aquí habremos de volver cuando podamos mirarla desde la distancia
y sobresalga en el perfil de la montaña
como el único refugio en esta tierra erosionada.

Seremos caminantes de eternas Comalas.
Llamaremos en la madrugada con la clave que nos heredó.
Responderemos al sonido de su lengua.

Esta es la casa del padre
donde partimos el pan después de su regreso.
Donde lo saboreamos por primera vez
y por primera vez
queremos que así sea.



Más allá del páramo
donde los gallinazos entretienen la mirada
antes de anclar su soledad a la ventisca

una no sabe si podrán cerrar los ojos
para verse
si un sonido de campana de repente los lastima
si acaso su sangre en remolino se agolpa
cada vez que la garúa desdibuja la montaña

y si entonces morirán de pena

si aquel eterno picoteo de la ruina
algo de pulcro dejará en sus paladares
algo de triste
de insaciable
de sombrío
cuando la luz se desmorona en el remanso de las nubes
y ellos atrapan, consumada, la belleza.

Ya no quedan sino algunos
recorriendo mi niñez
sobrevolando los momentos
en que vuelvo a atravesar su territorio.

Son un recado de la muerte
que si llega de improviso
me tomará donde ellos cortan el barranco.

Aunque podría adivinarles las señales
y escapar.

Pero no quiero.

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