martes, 19 de octubre de 2010

CAMILO MORÓN. NARRATIVA VENEZOLANA


Alguien me Hizo Recordar que Alguna vez Vestí un Inverosímil Pantalón Rojo

Los colores mudables del corazón que lleva la cara rayada como un vísure bajo todos los soles, alimentado por todas las arenas de oro. El mito yacía descuartizado, hecho girones, putrefacto y pegajoso, bajo un montón de recuerdos de ocasión, de borracheras deshilachadas, sublunares, aromadas por la traición y la piel anónima de mujeres al paso, sin rostros ni nombres. Recuerdos cortados a tijera y pegados con engrudo, recuerdos verdaderos atrozmente maquillados de recuerdos falsos.

Aquellos pantalones rojos tenía la textura del olvido, justo la del olvido, como el algodón mojado de sangre al tacto, hasta que alguien una mañana andina me hizo recordarlos. Colgaron al sol pendiendo de las cuerdas de la memoria apenas un momento miserable. Luego se hundieron en el pantano de todo lo que creemos que nunca ha pasado. Aquellos pantalones que nunca fueron, como el unicornio azul de la vieja canción, eran testigos de otra configuración mental, más joven, ágil, veloz, hambrienta, un reptil caliente; una piel menos prejuiciada, porque los prejuicios crecen con los días y fructifican amargos con los años.

La estampa recuperada de los pantalones rojos limita los bordes de una caja de embalaje, acaso un ataúd. Eran pantalones regalados, acaso abandonados al paso para damnificados de lluvias tropicales de estación, pantalones de hermafrodita o andrógino, pantalones para vestir un bufón sangriento que recorre el mundo con una antorcha en cada mano y un cuchillo mordido entre los dientes. Cuando mi madre me preguntó si los quería, tuve el anuncio subcutáneo de querer olvidarlos, pero así y todo los acepté. Retamos en la gota suspensa del presente el ridículo del mañana…

Aquellos inverosímiles pantalones rojos pasearon las calles andinas acaso dos o tres veces, cuando los pantalones negros o azules o marrones estaban petrificados de mugre, sudor y dejadez. Cuando se es joven y delincuente (por experimentación) no se tiene tiempo para la batea ni dinero para la lavandería. Apenas hay tiempo para beberse el mundo en un solo trago largo, mientras se brinda a todo pulmón VIA EST VITA.

Alguna chica paramera me vio vestir los pantalones rojos y le quedaron tatuados en los ojos. Cuando ella me hizo recordarlos, ya eran historia antigua, convenientemente arrumada en una esquina polvorienta del cerebro, exiliados del guardarropa biempensante de mi condición de anarquista asalariado.

Recordé los pantalones rojos en otras esquinas distantes de la geografía de la memoria. Una cuando un amigo de nombre mafioso hablaba a mis alumnos de artesanías, y vestía él un llamativo pantalón color de sangre de toro. La otra en un bar de las afueras, siempre en las afueras, cuando vi, viajero del tiempo, humo sobre el agua, a Ian Gillan, vocalista de Deep Purple, vestir un pantalón color de sangre coagulada. Otra viendo un documental sobre la película Tiburón y veo con asombro a un burócrata vestir pantalones color de herrumbre. En un oleo fechado hacia 1826, el Mariscal Antonio José de Sucre, héroe de Ayacucho y otras matazones, lleva ajustado pantalón rojo. No era esto capricho ni extravagancia de joven militar, pues los grabados de la época nos muestran a los Mariscales de Campo y a los Capitanes Generales vistiendo el trapo rojo en las piernas tintas en gloria (Vide: Bueno, José Ma.: Uniformes Militares Españoles. El Ejército y la Armada en 1808). En estos tiempos de decadente machismo urbano y digital, de mucho sexo oral (habladera de paja), llevar pantalones rojos es un grito estridente o una estupidez, no así vestir con trapos rojos otras comarcas de la anal-tomía…

Y una noche, cuando desenterraba el cadáver putrefacto y pegajoso de Michael Jackson, constaté que llevaba los pantalones rojos que vistió en Thriller. “Sientes la mano fría y te preguntas si alguna vez verás el sol cierras tus ojos y esperas que esto sea sólo imaginación pero al rato oyes que la Criatura está arrastrándose atrás estás fuera del tiempo”. Fueron emboscadas de colores en la geografía sin mapas de la memoria. Ahora, vestido de gris plomo a flor de piel, llevo el corazón disfrazado de bufón con los girones de un pantalón sangriento.

Camilo Morón

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