viernes, 6 de agosto de 2010


POESIA VENEZOLANA ACTUAL

CAMILO MORÓN

El Sueño Primal de la Especie
Soñé ser átomo primordial,
nacido energía en la Singularidad original del Universo,
entonces impulso improbable hacia la conciencia, esencialmente azar.
Fui luego molécula barroca, doble hélice alambicada,
estructura en danza bajo un cielo tempestuoso de luz violeta,
a las márgenes de lenguas rojas de lava sobre la negra tierra volcánica.
En un Océano nutricio,
filamentos microscópicos de plata
dibujan estelas luminosas a la luz naranja de una Luna cercana.
En una Revolución enfrento la vida con dientes y agallas,
huesos blandos arman mi cuerpo en el agua,
cazo y huyo en una carrera despiadada.
Salir cautamente del agua,
la primera bocanada de aire en la playa.
Llevo desde aquella madrugada el agua como herencia terrena:
Soy un mar apoyado en mis patas.
Llevo el agua viva hacia los horizontes,
son mis huellas impresiones de agua.
Al roce del viento mi piel se ha endurecido,
es una armadura multicolor de ásperas escamas.
Bajo el ardiente Sol del Trópico,
balanceo soberbiamente mi cabeza enjoyada,
reclamando hembra y territorio.
Soy veloz depredador entre los arbustos,
un corazón impulsa sangre caliente
bajo la piel peluda y mojada;
entre la maleza espero las sombras para una ronda de vida y de muerte.
Soy vigía de los ocasos entre las ramas,
mis ojos se han desplazado completamente a mi cara.
La vida en el grupo se hace más compleja jornada a jornada:
Engaños, complicidad, gruñidos y promesas.
La sequía ha podado los arboles,
bajo cautamente a la sabana,
entre la hierba alta escucho el concierto de las hienas.
Tengo en mis manos liberadas una rama seca y una piedra afilada.
Descifro el vuelo de los buitres
en busca de la osamenta;
huelo en el viento el sudor de los chacales…
Pienso brevemente en la piedra desnuda y afilada y en mi rama seca.
Mis dedos se hacen al talle de la rama que encontré atrás en el sendero.
La piedra tiene dientes afilados nacidos de mi inteligencia
al golpear la piedra con la dureza de la piedra.
Con mi rama seca y mis gritos articulados
ahuyento a buitres y chacales dorados.
Con la piedra abro el hueso en busca de la médula.
Me alargo, me hago más alto,
bajo el Sol meridiano llevo la piel desnuda de pelambre,
mis piernas son firmes, delgadas y musculosas;
me llevan en un viaje
por otras tierras y miles de años.
Llevo en mi peregrinar herramientas y acaso la sangre del Fuego.
Muy lejos, bajo las constelaciones del Sur,
sobrevino el cambio:
Pescamos con redes urdidas con lianas y anzuelos labrados en hueso,
con proyectiles matamos animales de cuernos afilados.
Y a través de la palabra
llevamos de una carne a otra carne
la sabiduría de los ancianos.
Eternamente detrás de las incansables manadas,
somos cazadores armados de palabras aladas
de sueños con hambre de sobrevivir al tiempo
e imágenes mágicas pintadas a la luz de las antorchas en el corro de las fogatas,
hasta que una tarde llegamos a una fuente
en una nueva estación de sequía
y nos casamos para siempre con las plantas.
Día con día, al paso de la cosecha,
el poblado se hace más grande,
y junto a la diadema del rey humea el horno del panadero,
el alfarero conversa con el sacerdote,
y el guerrero se acuesta con la mujer del herrero
y el herrero con la hija del guerrero.
Y sobrevienen cambios que no son de la carne;
son cambios de hombres y mujeres que viven en ciudades,
cambios graduales y cambios violentos,
cambios que desde la idea guían a la carne.
Y, ahora animal urbano,
conjugación fortuita y forzosa de sangre, azar, selección y tiempo,
escribo:
“La palabra es un surco en la arena.
Un nombre de mujer con aroma de papel.
El olor a Tierra mojada como un cuerpo desnudo.
Ser al borde del Tiempo y dejar de Ser.”
Ahora que despierto,
simplemente lo recuerdo.


Los Cascos del Sátiro
Por José Antequera

Estas palabras que escribo deberían estar acompañadas de un fondo musical necesario para poder entender la personalidad y la vida de Camilo Morón. Quien lo haya conocido en Mérida, allá mediando los años noventa del siglo pasado, podrá entender lo que digo y seguramente estará de acuerdo conmigo cuando me atrevo a indicar las canciones que lo acompañaron en todo momento: “The End” de los Doors, “Like a Rolling Stone” de Bod Dylan y “Sympathy for the Devil” de los Rolling Stones.
Esa “como piedra rodante” pasó con su nocturnidad de poeta gótico por la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes. La indumentaria que lo caracterizó siempre durante los primeros años, estuvo aderezada por una multitud de botas de vaquero (o “cascos de sátiro”, como yo solía llamarlas), chaquetón de cuero de gamuza con flecos al estilo de los que usaba Jim Morrinson, un terrible crucifijo sacrificial con calavera de hermandad caballeresca medieval. Sus lecturas permanentes: Ginsberg, Kerouac, Burroughs, Huxley, entre otras muchas, podrán dar cuenta de las búsquedas “esotéricas” que pudieran dar al joven poeta la clave para situarse en esta nuestra frágil, inexistente, fragmentaria, extraña modernidad venezolana. La música que lo acompañó, y estoy seguro lo sigue acompañando hoy: The Doors, The Rolling Stones, Bod Dylan, Los Ángeles Negros y, en general, toda la de los años sesenta, se convirtió en el fondo musical de sus actos de rebeldía públicos contra la autoridad de los profesores, los funcionarios, las secretarias, los policías y los escribanos de la ciudad.
Un orden implícito, en este aparente caos vital, lo caracterizó en esos años estudiantiles: la lectura sistemática, ordenada y científica de los clásicos de la Historia, la Literatura Universal, la Antropología y las Ciencias Sociales, templaron en él, la personalidad de ensayista e investigador. Pienso que esas dos facetas de su tiempo de estudiante terminaron por concretar el temperamento intelectual que hoy ostenta: la disolución nocturna, satírica y dionisiaca del poeta, el vino tinto y su verbo poético, y la claridad apolínea, luminosa, solar y precisa del investigador, el ensayista sobrio que luce en los escenarios públicos de la Ciudad Letrada.
Cada vez que Camilo regresaba de Falcón, luego de un periodo de vacaciones, nos prodigaba, a sus amigos, los dones patrimoniales de su tierra: dulce de leche de cabra y cocuy pecayero (“denominación de origen, amigo mío”, como solía decir). Regalos que siempre recibí más bien como una ofrenda de amistad, reconocimiento y encuentro permanente en nuestra humilde y digna pobreza de estudiantes.
Luego vino la diáspora. Cada uno para su pueblo, su tierra. Una de esas tardes tristes de Mérida Camilo se fue de la ciudad. Se dedica ahora, entre otros asuntos, a encontrar, o desenterrar, los ancestrales caminos caquetios. Pienso que Camilo sublimó las dos facetas que lo caracterizaron en sus primeros años de estudiante, en ese proyecto de reconstrucción del mundo y cosmovisión indígenas, y fundamentalmente, en su empeño de vindicar la memoria y la obra de su maestro, el arqueólogo J. M. Cruxent.
Espero encontrarme con Camilo Morón en alguna de estas vueltas del mundo. Ya me parece escucharlo aproximarse, haciendo sonar sobre los pulidos adoquines del recuerdo, los cascos de sus botas, los cascos del sátiro.

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