miércoles, 18 de agosto de 2010

BREVÍSIMA ANTOLOGÍA DE POESÍA ACTUAL DE MÉXICO

COMPILACIÓN Y SELECCIÓN DE DANIELA CAMACHO


AMARANTA CABALLERO PRADO (Guanajuato, México, 1973. Desde 2001 reside en Tijuana). Ha publicado: “Todas estas puertas”, (Tierra Adentro, 2008), “Okupas” (Ed. De Pasto Verde, 2009), “Entre las líneas de la mano” en el libro Tres Tristes Tigras -Desde esta esquina-, (Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas (La eternidad en un paso. Un paso no en falso) Aforismos, (Ediciones de La Esquina / Anortecer, 2005). Estudió la licenciatura en diseño gráfico en la Universidad de Guanajuato. Su página electrónica: www.amarantacaballero.blogspot.com

INFRUTESCENCIA

Yo fui una higuera.
El tronco hecho un betún: confitería.
Corteza blanca en remolino constante.

Fui el tronco y ramas de una higuera
podadas una y otra vez por si las moscas,
por si los higos escurriendo
llanto o miel averanada.

Morácea, blanda y a veces de gusto dulce.
Yo fui.

Ah pero que no me tocaran las hojas.
(velludas, tupidas, grandes, verdes, lobuladas.
Como mi sexo: urdimbre y trama).

Saga: madera incorruptible: sicomora: yo fui.



CORRESPONDENCIAS

De a poco, los pájaros –con sigilo– dan cuenta del crepúsculo. Esa forma repetida de dar la espalda. Desde sus ramas, consecutivos, ladean cabeza para situar el ojo. Te miran. A través del vidrio de esa puerta que no es ventana. Que no es. Rubicunda la pesadilla por el tronco, trepa ávida. Incrusta las afiladas garras y el espasmo. Todas las alas se sacuden. El sueño es incierto. Refracción de la luz: sólo a veces la altura. El aura no es un síntoma ni tampoco un halo. El aura, sibila, posada sobre una rama besa acorde tu pesadilla. Millones de verdes estallan entre las hojas, contra las telas. El primer rayo de luz. Los pájaros abandonan sus lugares. Entre el enramado verde: el estruendo.


FASCINACIÓN

Era la manera de asomarse. Ojo avizor: el hueco que atraviesa el cuerpo de un hombre. Un hombre-perro. Hacia el fondo la cruz. Pequeñita. Sembrada sobre la tierra. Y luego aparte una casa, diminuta, en las fosas nasales. Pero era al fondo la pequeña cruz, que aparecía luego de un hueco, un hueco que antes ocupaban las vísceras. Las vísceras de un hombre-perro quizá dubitativo, quizá apenas intoxicado. Llantas, plásticos, zapatos, resorteras. Una navajita. Y la tierra. Todo lleno de tierra. Lodo seco. ¿Te acuerdas cuando la planta desnuda de un pie se pasa una y otra vez sobre la alfombra? La provocación: esa manera de atravesar el cuerpo. Era un vicio. Era un Perro Loco, Violento y Confundido, pero era un hombre. Era quedarse viendo la estrella fugaz. El tiempo y los espirales de ese cuerpo que emanaban –ese circuito– desde el pecho, bajo el pezón. Era poco a poco desangrarse pero era la mano derecha del hombre-perro, su índice, el que tocaba la cruz. Yo te estaba viendo. Era la manera de asomarse. Las vísceras que nunca. Era un corte transversal la fascinación.


FOTOGRAFÍAS CON F/RÍO Y BOSQUE

Era la neblina entre paredes amarillas. Rectangulares paredes de aspecto rancio y tribulación esplendorosa. Esa casa pequeñita. Minúscula caja donde las bailarinas, una tras otra, aprendieron a girar sin cuerda ni música ni público. Danza muda. Cabelleras hiedras. Poca la anchura del pasillo. Siempre hubo tiempo de sobra para limpiar el piso. Todavía un río rojo serpentea hacia un mar sin costa desde la diminuta puerta de esa casa. Todavía desde el rellano del escalón más alto en la escalera, ampliamente: el sofoco.

Todavía desde el rellano del escalón más alto en la escalera, se azota una puerta. Metálica y pintada de blanco. Un cable para jalar mejor. Desde la azotehuela nadie podía abrir la puerta por dentro. Y luego de la azotehuela: el cuarto. Un cuarto. Un piso de mosaicos color verde. Verde pistache más arbóreas franjas de betún. Fragmentos. La ventanita. Un bonsái. Un ropero. Un restirador. Detallitos de familia. Un hermano mayor que hace muchos muchos años dejó de ser tu padre.

Un hermano mayor que hace muchos muchos años aprendió a vivir en medio de lagos y bosques fríos. Fotografías. Una chamarra azul marino térmica de pluma de ganso y el nuevo idioma fue lo primero que adquirió. El francés alterado. Pero, ah esa sonrisa. Pero ah ese buen gusto por la música. Ah, cómo deseaste siempre haber sido él, don´t you?

Pero ah ese buen gusto por la música. Cómo deseaste. Sobre los mosaicos verdes, sobre el restirador. Todas las noches recorrer una y otra vez las atmósferas de un pasado en arpegios y rumorados ruidos. La bailarina danza. La bailarina –la primera de todas y una de tantas– salta sobre los hombros. La punta de una de sus zapatillas taladra un baúl. Musiquilla sorda y ciega. Al salir de la casa, esa bailarina: cal de arena y hueso roto. Murmullos dentro del hueco tibio de una mano. La marejada de sus cabellos. El miedo que aletea. El miedo que aletea. Aletea. El sueño impreciso. Tu debilidad. La bailarina baila. El serpentino río rojo. Los hijos, las hijas, crecen.



HUGO DE MENDOZA (Guadalajara, México, 1976) es poeta y editor. Ha publicado el poemario Danzarina y Danzar del agua. Mantiene varios libros inéditos de poesía, entre ellos Sebastián, de próxima aparición. Es editor de la revista El Golem.

EL MOVIMIENTO TUYO / ES EL “TANGO DEL ÁNGEL”

I

Es tu inicio quien precipita
El mecanismo del bandoneón
Mismo que con música de viento
Y los agudos tristes del violín
Culminan la crema de tus alas.

II

Así de cautiva
Así cautivas Cultivas
Finísimos círculos a perfecto vuelo.

No sé si es Ángel lo que veo
O tú con negras zapatillas.

III

Cae terso el carmín bajo tus hombros.

Como soles diminutos
Encienden las joyas a tu pecho;
Se pierden
Me detengo a tu mirar
Te detines a mi mirar;
Así Infinitud de la Plata
Platense.

IV

Líneas
Argentinas cordilleras rozas a tu paso.
Con el cabalgar del enmudecido "Martín Fierro"
Y el callar de una orquesta celeste
Te sostengo en el abismo de mi traje:
Bailarina
Danzarina
Angelina
Reverencia.



V

En lenguaje de ángel Seguimos.

A cada giro de aura De aureola
A cada vuelta de ala
Te escribo una porteña estación
Una "Balada para un loco" Y yo loco
Con mi Mar del Plata tras tu vaivén
En vaivén
Loco.

VI

Se quiebra
La multitud en "volentango" Se quiebra.

Es tu acceder por 9 de julio
Quien a Febo levanta en el centro y su blancura.

Vamos Sigue con tu consentir a mi labio
Que los barcos con Apolo te rodean
Y es tu voz Azul de Buenos Aires
Azul de mis entrañas
Quien revive y levanta mi frente.

VII

Vayamos con el "Melancólico Buenos Aires"
Ala Tierra del Fuego
No sin antes dejar tu luminosa hondura
En San Miguel de Tucumán
En San Salvador de Jujuy.

No sin antes bailar
Charlar con "Don Segundo"
En el Sur ¡El más Sur!
De las nubladas pulperías.

VIII

El espejo de la última Tierra
Te sobrelleva en su blanquísimo pecho.

Te acaricia Revives lumbreras congeladas
Se confunden en el contorno de tu rostro.

Sigues siendo la emancipación de todos los cielos
De todos los soles
Sigues siendo el rumbo de la palabra:
Vueloenregocijo.

IX

Es tu sueño sobre mi sueño
El ensueño de tantos tangos.
¿Cómo creen algunos que diluyes Qué fallezco?
Si en tu celeste música Se entretejen
Oscilan
Nos unen
En la andariega pieza de las alas.

X

Sigue un coro de Argentina
Ahora el tango de un cuarteto en "Oblivión".

Al tiempo de Te amo siempre
Sabes que eres toda bálsamo
En latir a mi descenso.

No dejes volar De vibrar
De infinita hermosura trazar
En mi alabante bandoneón
Platense bandoneón
Piazzola bandoneón.



MANUEL BECERRA SALAZAR (Ciudad de México, 1983). Es autor de los poemarios Cantata castrati (Editorial Colibrí, 2004) y Los alumbrados (Premio Nacional Enrique González Rojo, 2008). Obtuvo la beca "Artes por todas partes" de la Secretaría de Cultura del Distrito Federal por sus proyectos de Spooken word Los alumbrados en el 2006 y Sinfonía de cabaret en el 2007. Poemas suyos han aparecido en diversas revistas y diarios del país. Ha participado en Encuentros nacionales e internacionales de poesía como Estoy afuera, Vértigo de los aires y en el XII Festival de Poesía en La Habana, Cuba. Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía (2009-2010).

CORAZÓN TERRÁQUEO


Habla verdad quien habla sombra
Paul Celan


A Mariano Becerra,
mi padre


I

Y vuelves, muerte,
te han quitado la gracia y aún rondas por aquí.
No has venido a llevarte a nadie,
has venido a que te escriba
(a ensuciar el sueño de mi enfermo).
Estás aquí calzada con tu perfil de aguja,
vestido el cuello en jazmines,
perfumadas tus geografías de muerte
incandescentes como baldíos o temporarias
para que haga que te mojes con versos babélicos:

He aquí las astillas bárbaras de la fiebre,
el lujo del accidente mientras se duerme,
las mareas altas,
las soledades furiosas a la intemperie,
el endecasílabo donde se construyen hospitales,
donde uno se desvela.

Ya nos veremos la cara,
vendrás por mí y se te han de incendiar las piernas.

Ya habremos de agitar mi alma en llamas,
y arrojarla al precipicio, muerte.

Ya la verás hacerse

ave o astro.


II

En estos pasillos anda la muerte.

Va y viene montada en sus ojos marinos,
y en su corazón terráqueo.
Viene en sus mantos elegantes, alta como un bandera.
Trae en su respiración la agitación de los establos,
la inquietud de las reses.

Nosotros la espantamos con golpes de pecho
para que no te lleve.

Te ronda cerca la desvalida vieja,
pero ya te hemos escondido
en una ciudad santa cerca del corazón.
En el cielo gris de los ojos de mi madre
te sumergimos.
Guardamos los gemidos para otra hora,
pero se escucha la bastarda quebrar el mármol
abrir las puertas, una por una,
asediar desde lejos
y el espanto de las lágrimas nos cae
en la garganta.
Se reúne ahí la falta de aire,
el pataleo de los náufragos

en la garganta

nos cae.

El alma flota en un lago de aguas ciegas
donde la esperanza tiembla.


III

Desenterrado, corazón, de los jardínes,
él te sueña colgado de los árboles como un sol,
como un fruto que es de él.

(Qué muerte más infame la del árbol caído,
sin intimidad, desmintiendo su fama.
Qué desnaturaleza, corazón).

Él sueña con la muerte, mugriento,
agoniza en una cama insabora y fría
y tú tan vuelto de la tierra,
siempre yendo tan desenterrado a visitar al padre,
al amor verde de alguna enfermera.

Él te sueña, mugriento, como un sol.


IV

Este sol que cuelga en el cuarto del hospital,
esta sangre dejándose alumbrar por la tristeza
y este corazón puesto a la sombra, puntual,
pertenecen al que duerme y mal sueña,
al que respira entrecortado...

Esta caída de luz por la ventana, tenue,
como vertiendo agua,
soñada la caída por el enfermo,
intenta calentar las paredes del hospital,
inmaculadas como un dolor,
intenta calentar el alma a los viejos,
tibiar la insulina,
evaporar el agua,
intenta cobijar de fiebre a este corazón,
pero éste sólo es puntual a la sombra,
llega tarde al reino de Dios,
puntual al odio, al hospital y al mal sueño.




SERGIO ERNESTO RÍOS (Toluca, México, 1981). Ha publicado los libros Piedrapizarnik, De cetrería, Semefo y searching the toilet in juárez av. Aparece en las antologías de poesía mexicana reciente: Divino tesoro y Nosotros que nos queremos tanto. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en la categoría de Jóvenes Creadores. Es miembro del consejo de la revista Metrópolis de Guadalajara. Codirige la editorial Apuntes de Lobotomía.


LONDRES ES MÍA
como soy un gran artista pido los mayores decibeles

yo me entiendo:

levas micotelepáticas
lapos frigomesiánicos

quiero ser original

saltar los endimiones
los dicotiledones
los dípticos egipcios
los tableros con cabezas de rinoceronte
correr por donde apuntan sus hocicos


esta es la vieja escuela
y entra en una punta negra

sólo de lógica extraordinaria

amárrame las manos
impide que aniquile
el odio y el riñón del francés
el feto que enterramos bajo un árbol


el bósforo pasa como un escuadrón de la muerte tendido entre dos catres



esta canción se llama lo que pido de ti
un catafalco alumbrado por moscardones que se derraman como un largo eclipse
eso que existe en una corona de oscuridad
la cabeza en el mástil
los pies sobre los vidrios
árboles que sacuden pequeñas cimitarras
tiza celeste
el libro en que repruebas la misericordia del elefante africano
la tierra plana
la sombra instrumental por el jardín ceñido
un polígono de deserción

DESDE UNA LÍNEA DE DEMOLICIÓN

ella es santino y fredo shemales caminando como androides sobre repisas naranjas esos días cuando el cielo es una envoltura plagada de reflectores carmesí una involución una manera de llegar al final del baile saltar como un ornitorrinco moverse con ortopédicos dentro de las piernas y los pies rocosos por químicos de cierta energía que tambalea de lado a lado pero esto sólo existe en la quijada como un puñetazo cinco veces mayor a una esfera de acero el ojo tokio de siete a nueve el ojo tokio como una quilla que confunde una cosa y otra tan sólo mirando murciélagos que se incineran en las nubes la música demasiado gastada de afilador no sé qué haré con el tokio que llora en alguna parte es un vuelo cardinal es una estrella de junco de utilería que se expulsa ella dirá princesa buenos días fredo rompiste mi corazón feliz año sólo leo libros para sanar el alma libros que me adentran en mis vidas pasadas badajos que me gustaría ver en un arreglo floral somos un clan tóxico faunos elásticos alrededor de tu vestido la propaganda que silba un fumigador aficionado al megalítico


un valium por favor
un ciento de nomenclaturas de embriones

mi nombre de guerra es Albión



LEONEL RODRÍGUEZ SANTAMARÍA (Ciudad de México, 1978) es autor del poemario Dolor de nombre, publicado en México en 2008, mismo año que obtuvo por esta obra el Premio de Poesía Clemencia Isaura otorgado durante el carnaval de Mazatlán. Ha desempeñado trabajos editoriales y también ha sido músico; más recientemente, con la agrupación Los de en medio, al lado del pintor Varezal y el poeta Cosme Álvarez. Actualmente no tiene ciudad fija y se dedica a escribir.


YELO NEGRO

I

Algo se revuelve como la carencia.
Un reacomodo de las aguas que me surcan
como naves tentaleando litorales
anuda con líquidas trenzas el siseo que despierta mi silencio.
Algo se reanuda y yo escucho.

Acomodo una luz austera de cara al hueco de la noche;
la ventana queda ciega: un filo de luna se percibe,
un ojo se abre,
un haz de cuerpo se avecina.
Respiro una misma melodía.

Como una jauría de perros,
una turba de preguntas muerde los pasos
de la sombra que me lleva.
Entre ladridos se remueve su oscura,
violácea joroba de quietudes
moviendo las siluetas por alguna calle que invento.

Toco la huella
estoy partido y mi habitar es roto
el tacto carece
¿en dónde el sentido del encuentro?

II

Estamos en el pueblo de La Hueca:
días se alargan como noches:
en el sueño:
la serpiente piel de la crecida,
máscara cambiante del acantilado…
parece así que lo creemos
no tiene tamaño nuestro aliento
mero vaho que aparece ante el paisaje
recuerdo en el espejo
de aquel canto que montamos en el bosque

ahora flota para no mirarlo

También debajo de las piedras
escucho el silbo de otro nombre
¿qué grito vale su penar en la existencia?

Parpadeo en el punto cero de la aguja
—separados por los hilos que atan cosas,
alguien nos descose
alguno que sabemos
desconoce su vecina identidad alguna:
la veo y no la veo,
vigilia adentro de la costa donde duermo.

Yo älguno, sin nombre,
¿sabrá que somos niebla entre dos sueños?

Somos el pueblo de La Hueca, de la gran roca seca y hueca.
Los ojos cerrados a la luz sobre el sin suelo del desierto
queman tú qué más en la pregunta,
pasos que se apuntan sobre brasas.
Así desando por mi nombre
como por un viento sin respuesta.

El polvo del hambre cubre nuestro cuerpo. Recibimos las acometidas del vacío con el humo de madera calcinada —abrazo de mil playas que los viejos cargan en sus brazos: fogatas para celebrar a nadie, lumbre para ahumar la curva de la luna

la moneda roja,
sello de sangre en los entresijos de la noche.

Este ulular dibuja la caída de una esfera, raíz de luna, siéntela lamer la lengua, lamer el mar donde nos dice
la felicidad de un ojo de agua que rodeó a la noche con un río.

Nuestros días, nuestras noches, nuestro torcer paciente en el silencio. El río que buscamos alimenta el hambre que lo mueve.

Niños miran: nos insectos, nos algunos divididos.
Niños lanzan la pregunta que se aleja como tronco a la deriva.
Hay un sitio donde juegan y descubren los cimientos.


III

Cuesta arriba imaginarse las palabras
que habrán de romper el silencio
que no pide ser abierto.

Mi sueño crece desde adentro de una cueva:
la ciudad se angosta en una calle a mediodía,
el sol la desvanece, limpia de la vista.

Estoy de pie sobre una duda que la boca balbucea;
no puedo sacarla de su olvido, no la veo.

Si camino y me dirijo
hablo baladura de balido,

¿qué digo en esta hora limpia y sola,
arrojado desde el suelo hasta yo mismo?

Silabeo:


IV

La ciudad se suelta de mis ojos
—hay un baile
desatado del susurro hay un baile,
arborece de las manos de la tierra
y da vueltas
y lo digo
acabándose el aliento.

Me desplomo enlazado a las veces que pregunto y pierdo la respuesta.
El mundo gira y no se aquieta.

Alguien se oye tronar,
una mujer renace en el costado del momento
nochemente
ella baila
se agrupa sobre el sueño del hombre encendido
se distiende
y respira
y parece un sueño que nace de un sueño.

Nuevo aliento a los muslos que despiertan.

Los ojos salen a tientas
la mirada más oscura, voz
caverna, empapada de arrastrarse acuoso en el olvido,
su goteo no es la duda:
buscar nuevo de lo aquello.

La ciudad olvida mi andar austero y las caras que animan el yelo oscuro de sus sueños.
La ciudad flota en el deshielo de sí misma.

Desesperas cuando no suena la puerta,
no hay tablas que dividan el aliento de lo indecible, este viento que te acerca a lo mirado.
No se rompen las ventanas a palabras.
Ellos dijeron:
«Mantente limpio, sí, muy cuidado,
corre si tienes que hacerlo, anímate si puedes,
corre, corre si puedes correr
mantén limpio tu traje, mi buen hombre».

El viento camina
todo lo voltea entre sus piernas y despierto
—adentro de los muslos abulta la nostalgia,
recuerdas el rojizo mundo de barrancas y mañanas que se abren similares,
allá, el sol del bosque dice:
ella baila,
en algún sitio ella se encuentra, es realidad que ofrece su sentido;
ella baila invisible en el sueño, más adentro de la trama que la propia sangre bulle.
Su boca danza sobre tu cuerpo
la canción que Nos soñaba.
Ella baila y te despierta su canto que disloca.

Adentro de la mina el ojo es negro;
perdido sin mi dueño, dando tumbos,
me arrimo a los caminos y me hundo,
camino por el sueño y digo mundo;
el hombre que busca su lugar junto a la roca hueca
cuando los gritos despojados suenan frente a un cuadro donde duda;

las manchas forman sugerencias
(yo quiero asemejar los ojos)
se adivinan formas que desmienten
(asemejar los ojos al crédito del fuego);
quiero bailar sobre la cresta de las olas, por entre el fuego que celebra.

Un no saber por qué, un no ser de estar tendido,
hallar la mano hundida,
invisible;
no sabe la mano
cómo abraza al hombre que se acuesta,
no sabe el hombre: sueña
su goteo lo inventa el árbol,
el baile es el latido del árbol en el pecho citadino,
mueve los sentidos al vaivén del viento:
baila
y ella canta
la canción de nuevos días



DANIELA CAMACHO (Culiacán, México, 1980) se graduó de ingeniería industrial y de sistemas por el ITESM y de lengua y literaturas hispánicas por la UNAM. Publicó los poemarios En la punta de la lengua (Tintanueva, 2007) y Plegarias para insomnes (Editorial Praxis, 2008); y el libro de palíndromos Aire sería (Editorial Praxis, 2008). Forma parte de la antología bilingüe, español-portugués, Tránsito de fuego (Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, 2009), La mujer rota (Literalia editores, 2008), Los siete pecados capitales. La lujuria (Alforja, 2008) y Del silencio hacia la luz: Mapa poético de México (2008). Es fundadora y miembro del consejo editorial y de redacción de la revista El Puro Cuento. Sus poemas y ensayos han sido publicados en revistas y periódicos de distintos países de América latina; actualmente, vive en Tokio, Japón.


REMOLINO

entre paredes sin puertas
escondo mi cuerpo mudo
manchado

el día huele a orfandad
la medianoche es una hendidura en el muro

sé que no soy una sombra
sé que afuera hay guerrilleros
y hombres mutilados
que hay pájaros desnudos y hambrientos
hay guantes y gatos y gente

pero yo no soy la sombra:

soy el remolino
el huracán
la polvareda

o tal vez no

tal vez soy la huidiza tempestad de mis palabras
o solo una sonámbula que sueña

o no



LA VOZ EN RUINAS

I

Juntos mordíamos la carne de las uvas. La canicular mañana nos mostraba los espejos y el dolor multiplicaba los escombros. Debajo del amurallado corazón crecían larvas y palomas. Con el cuerpo lívido de tanto opio atravesábamos la puerta del amor y poco a poco nuestras manos se incendiaban como hulla. Nadie nunca supo descifrar la líquida caligrafía de nuestras sienes. Solos y desnudos abrazábamos la muerte. Yo, bañada por el fuego de tus aguas, con la carne amoratada y fresca, asistía al nacimiento de pequeñas flores en mi boca, flores que serían escama, cicatriz, libélula. Tú, herido por el láudano y la sal, hablabas de cruzar el puente, de sanar al fin todas sus grietas.


IV

La noche te pronuncia con un gesto de nieve sobre árboles enfermos. Hembras animales hacen del silencio un río, un gemido oscuro que inaugura la pavana de los muertos. Debajo de los párpados construyo un puente hacia el sudario de tu rostro y dejo entre tus labios un pétalo de carne, un rastro de niebla. No vuelvas la mirada ahora que la lluvia me resulta indescifrable. Déjame apagar tu luz sobre los astros, ser isla al centro de tus aguas. Cuida que el silencio de las aves no delate nuestra música, que la arena de tus ojos no revele la agonía en el corazón de los amantes. Canta con tu fracturada voz de arcángel y sea la negra luna de tu lengua una espada que me hiera en los jardines del ensueño.


MORIR DE PARAÍSO

Lavarás tu cuerpo poseída por la sombra. Al primer golpe de agua, la piel arrancará de tajo un nombre a la memoria. Querrás decir Leteo, canción del tenebroso, diamela, pero estarás muda de espanto. En la espera del que tañe mirlos en el aire, te descubrirás distinta a las demás hijas de Eva y hablarás por los desnudos.

Soy la que flota en el río, la despojada. Polvo de la madre extraída a su niña en trance.

La desnuda
dicen ellos
la bestia descarriada.

¿A qué tanto ropaje si en la piel se me calcina un nombre?
¿Para qué vestir de nube, aturquesada, si de arder me estoy muriendo?

Busco acordes en la niebla que apacigüen mi silencio. Me abandono en el lenguaje de las barcas. Del ciprés soñado por amantes solos nace una canción de cuna para las muchachas tristes.

En las ramas del almendro, madura el corazón del oboísta.



JUDITH SANTOPIETRO (Córdoba, México, 1983). Poemas suyos se han publicado en Anuario de Poesía Mexicana 2006 del Fondo de Cultura Económica, en la Memoria del Encuentro Nacional de Literatura en Lenguas Indígenas; en la antología literaria Musa de Musas, Poesía de Mujeres desde la Ciudad de México, Conaculta; en Del Silencio hacia la Luz: Mapa Poético de México y la plaquette individual Raíz de Vuelo (El Barco Ebrio Nueva York-HomoScriptum) y Se incendia la Palabra (Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla IMACP). Actualmente es directora de Radio Nómada y Revista Iguanazul: literatura en lenguas originarias.


IZCALTITLA

Los hombres de la loma taciturna
se desvisten ante una fogata de sabiduría
sueltan en la oscuridad las formas
de un ojo lleno de costumbre

cada uno en la danza pega el cuerpo al corazón de la tierra,
pide al ave sus alas desplegadas,
desea los negros ojos del mapache

alguna vez seremos la mirada del nahual
que sobrevuela la barranca
y pariremos maíz por la boca
para arroparlo en el chisporroteo del brasero.


ESTELA DE VOCES

Monumento de la palabra,
la génesis en las paredes,
tan antigua
como la vírgula de roca

tormenta de guijarros que caen de la montaña.


INVOCACIÓN

El día que saliste de mí
el sol era un círculo manso,
inundabas las rendijas
de esta húmeda pocilga
con un llanto prolongado

Tus ojos,
grandes en esta habitación de grillos
para mirar una casa de pequeños muros;
y mi vieja razón,
esa piedra de filos indeseables,
preguntaba a dónde ir

Con el vendaval,
las chozas se balanceaban
y eran menos que toda la miseria
de la gente astillada en la ciudad

Te fuiste un día de soplos
y el resquemor sobrevino
para siempre;
las casas parecían no soportarlo
bullían de luz las tiendas
el desierto era frío
después el sol doró las ramas y la arena,
el calor fue espada ardiente
que acuchilla la piel


nadie
bajo este halo de cristales negros
nadie
en esta oscuridad que golpea con su nombre y su cuerpo
nadie
retorna a beber su aliento

Esta madrugada
la muerte pringa sobre la ventana
despierto con la sonrisa de tu vida entre las manos
hace varios minutos de minutos
que no veo nada igual


PIEDRAS Y ALACRANES

En días tan áridos
el aire trae el movimiento de los huesos polvo
hasta la lóbrega estría de la calle


Amanecemos agónicas de frío
aradas en la tierra estéril
por las filas de este mineral
que calcina esqueletos

Tragamos la roca desgranada
mientras los pechos se desgajan
en precipicios de sangre que humedecen el desierto

Al paso de los meses
las grietas de la ciudad cimbran
entre las montañas de arena,
y la polvareda de los huesos
es la voz perdida en una cueva

Dormimos
junto al lastimero aullido de perros
con la mortaja de piedras y alacranes




CARLOS RAMÍREZ VUELVAS (Colima, México, 1981). Ha escrito los libros de poesía: Brazo de sol, Cuadernos de la lengua y el viento, Ruleta rusa y Calíope baila con el poeta ebrio. Además, es autor de los libros de investigación literaria: Nieblas londineses y otros poemas de Balbino Dávalos, Musas de Francia, El oro de la cruces. Estancias en la literatura colimense del siglo XIX, Notas para el estudio de la cultura escrita en Colima. El caso del siglo XIX, Índice de las revistas culturales en el siglo XX. (Ciudad de México). Parte de su obra literaria ha sido antologada en Un orbe más ancho. 40 poetas jóvenes de México, La luz que va dando nombre, Mar de vértigos y El oro más granado.



ÚLTIMA BALADA DE JOHN LENNON PARA YOKO ONO

La luz de ti se aleja porque no soporta el verte

Por qué de mí también te vas mujer
cuando más te amo y dejo en pentagrama cinco líneas de mis venas
Por qué de mí como ceniza que lleva el brazo del aliento del verano
en un campo incendiado por la furia de mis manos
que imagino en la ciudad

Eres lo más oscuro y de ti la luz emigra

Porque viene de ti la enfermedad estoy bendito
de locura o ebriedad que a veces es lo mismo
Por una mancha venérea que la humedad tatuó
si he nacido si amé si estoy herido

Por eso cuando miro en las páginas del tiempo las letras de mi vida
encuentro mi nombre escrito tres veces en un cuerpo femenino
Eres la vida amor la muerte

Y hay días que confundo el sayón de tu piel blanca
con la falda favorita de mi madre
o el vestido rosa que usaba los domingos
para mi padre que olvidó su cinturón
en casa de una peluquera
Otras tardes crecen de tus piernas espléndidos eneros
en los que reconozco las canciones del cimiento del hogar materno

¿Es que cuando te enfadas hablas de mi infancia o sólo de tu sexo?
Tú me has visto cómo es que soy la vibración en tanto llega tu respuesta
como la fruición violenta del que ignora el reposo porque estás cerca
Hay días que tu carne ―siempre en ciernes―
tiene el olor de las agujas y el estaño
Y tus nalgas asemejan una mecedora
donde el sueño dibuja polvorones y tazones de té

Pero digamos que una noche al fin estoy contigo
completamente libre
Complaciente como alguien dispuesto a otorgar su olvido
a cambio de tenerte Oh sapientísima
y desquiciada como una cuerda de guitarra rasgando la garganta
como una cerda enfurecida que destroza mi almohada
Entonces quién por mí podrá cambiar la pesadilla
si muy lejos de ambos la luz emigra

Ah me dueles hasta lo más profundo que un hombre honrado puede soportar a la desgracia]
Hasta lo más cercano a mi origen de pies sobre la tierra
Oh dulcísima qué puedo para ti sino una larga balada
en la que el escozor del corazón humano hinche su valor contra el vacío
que cruzan pájaros boreales como bajo un cielo cobrizo
donde bailas desnuda para ordenar el mundo

Sé que tampoco entonces mi vida tendrá algún sentido
y que habrá una lira rota más en el bodegón de casa
Pero así tú sabes la tribu podrá llamarte reina
en este instante y en la eternidad.



BACHATA DE JOSSIE BLISS

Jossie Bliss
saurí escarlata
negro alfil en laca lacerando
crepúsculos que iluminan el ardor
oscuro de Birmania

Más adentro
a los costados del mundo
se pierde en la costa una red para atrapar estrellas
Un profundo bastión de corales asesinos
bajo el vientre oscuro de agua en menta y musgo
entrando al inframundo donde renace una mantilla de opio

Una perla
brilla si la encierra un molusco
Solo un buzo y sus poleas locas
Tierno armiño de cisne en fieltro humedecido
Ahogado en su propio llanto habría
Sólo un tafetán en congestión rubí
de aromado cilantro que desnuda el nervio habría


Todo lo demás lo consume Jossie Bliss
Todo lo consume su hambre
Las palabras y el nombre y lo que esconde --filos de alba
pesadillas en aceite--
Se deben
a Jossie Bliss y su saurí de plata
Si ella llega al borde de la playa
que es llegar
al límite del día
Los meses reconocen marejadas de barcazas ebrias en plena madrugada
Muelles donde el Universo enciende
la sed si agua es la hembra negra
Eclipses sonoros si desnuda ofrece entre el mango y los manglares
cormoranes y almejas
al frío de la daga
Fuego si consume el cigarrillo posterior a la batalla

Toda la penumbra encajada entre los ojos negros de la pantera en celo
es el invierno
en la sabana
Un cardo que agoniza en el rigor de caracolas
La música de jazz quemada
a fuego lento

Cuando Jossie Bliss zurca y urde y hunde lentas brazas donde pende ahorcado
el corazón humano
Y destierra para siempre del verano los frutos más amados
la sandía por ejemplo en su vientre bajo
el melocotón ennegrecido
en lo alto del pezón del pecho
Los vástagos
Las palmeras
Los dátiles se envenenan si en celo enciende el filo previo
al homicidio
A mansalva es rojo hervor y despedida

Pero humillada en la playa bajo una sombra imponente
Restos de betún lucen
en la barbilla negra
En sus labios decolora la roja lengua que en grana se desflora
Y más adentro
en altamar
el poeta comienza a fornicar
--triturado el corazón de tinta--
con un pedazo vivo de la historia.


SALOMÉ DIRÍA

Ella ofrenda a los meses la cabeza del sol
que en ocasiones es la mía

Bailando en las esquinas
canta
mientras pasa el tiempo desgarrado

De cualquier forma si la miro
algo estalla en la frente
O sobrevive un son que duele
donde ella falta

Hay rastros de carmín
diría cuando enciende un cigarrillo
(las mangas de mi camisa blanca
tienen las huellas rojas de sus labios)

Lleva quince años de mi infancia en cada mano

Ella dedica las mañanas a voltear los espejos
Ella ―piensan quienes tienen gusanos en las ingles
quienes dejan aroma a belfos perforados―
enjuicia los verbos
que tiernamente le encajo cuando escribo

Cuántas perras orinan su nombre al escucharlo

Hay días también en los que miro
sobre el estiércol
crecer mi amor desesperado

Desnuda el desierto también es primavera
o viceversa
según el arma de dos filos que el cuello me ha marcado
Mientras su mano diestra
cercena un canto

Y he visto al huracán
lo juro por su vientre
detrás de las cortinas del baño diario
Un pubis que prolonga su entrepierna en arrecife
La parvada de gaviotas rasga en negritud el cielo pardo

Debería llorar ahora
aunque me cueste el nombre
que el palpitar me exige
en el centro de su pecho
un ángel ebrio suficiente
una cantina
donde un ejército viole a una niña

Yo veo el lastre de su pecho
en el pasillo
donde aprendió
a lamer un caracol
Siempre que la sangre toma
el cauce de otro sexo
Y mi pasión responde nuevamente
con un poema entero

La vida pasa en medio de dos cuerpos
Salomé diría.




ZAZIL ALAÍDE COLLINS (Ciudad de México, 1984). Autora del libro Junkie de nada (Lenguaraz, 2009) y del poemario inédito Valva maresia, entre otros proyectos. Es guionista y locutora de radio. Ha publicado artículos, crónicas y poemas en El Universal, Metapolítica, Tierra Adentro, entre otros medios impresos y electrónicos. Dos de sus más recientes ensayos están compilados en Deniz y mansalva y La conciencia imprescindible. Ensayos sobre Carlos Monsiváis, del Fondo Editorial Tierra Adentro, Conaculta.


TUMBLING

La fiera bonza
se me lanza con colmillos de alcanfor.
Toma mis manos.
Amanece
con la tonada callejera
de una añorada ninfómana
que levanta
el anhelo de la paloma
temblorosa
por su canción infantil.
Heme, bajo el búnker
con un desdén de fantasías.
Soledad de lupanar.
Y por el tracto, la nausea en brasas.
Bajo el brassiere, la tentación del mordisco
de un guillotinado san Martín de Porres
o un lechero en engorda
en los pechos de la poliandria;
las mieles de la gesta,
en la imaginación del retraso,
en la espera y el rechazo
de una vida.
Mi vientre se acomoda.
Impávido y ufano
quiere parir en la nausea.
No,
que no.
No al filo del acantilado
del cronotopo sin hambre;
de frente a frente al oficio
por sexo no amor primero
en la tripa, vámonos
antes de preferir el escozor,
lo movedizo del cielo que miramos,
desde los estambres,
degustando la sutil ventisca
al pronunciar los soplos.
Somos el germen del no
o el éxito de todos los fracasos.
—No llores, Ángel González—
Vámonos, vámonos, como putillos, al diablo.
Cojamos entre las piernas
lo que deba sostenerse,
con el ahínco,
en el acorde
y sus veintiún consonantes.


LA AMIBA EN MI CORAZÓN
Si un día las piedras te hablan,
emprende un camino de agua conmigo.
Uh-mee-buh piensa en las pausas.
Uh-mee-buh cuenta los trazos antes de dormir.
Uh-mee-buh quiere atravesar los puntos suspensivos.
Uh-mee-buh es la coma de luz en el Templo.
Uh-mee-buh son las voces congregadas, los lunares del sí.
Uh-mee-buh es el estigma a la derecha del punto final.
Uh-mee-buh es la agrafía en muslo de agua.
Uh-mee-buh, palimpsesto de los cirros de la Araña.
Uh-mee-buh, silencio magro, tinta lacia.
,

MONÓLOGO DE AMAZONA

a la partida de Thomas Cavendish con Leucótea
Cavendish prometió volver.

A babor y estribor,
sostenidos por obenques
y amantillos,
vamos a construir una nave
a la que no pueda sajársele el mascarón.
Amazona perdió la razón.
Inmolé al cimarrón
en honor a las gigantas
de las múrices cuevas del Ado.
Desnuda, en la tierra del cristal,
dormí en el gamellón del moro,
Cavendish no retornó.
Arrojemos la brújula al mar,
que se pierda en la panza de la ballena
cuando el sol tramonte;
mientras, aireemos la guerra
que sorbe a las gigantas.
Amazona sola.
En el arcón de mi ósculo demente
se vislumbra el himeneo
ante el que nombro al que bien quiero,
si lo añoro,
las olas me prometen verlo volver.
Amazona aguarda en un muelle de Cabo Pulmo.


YO PIEDRA


26°10’05.57’’N 111°32’56.28’’O


Un nardo compañero tengo,
cuatro espinas de cacto;
un tallo polvoriento
de biznaga en el bolsillo.

Piel de damiana tengo,
un invierno ilusionado;
centro de esporas dentro
del pecho de este sereno.

Zumo en los puños tengo,
carrizo en alforja;
una pitahaya peregrina

que, aunque espinada, cae
a la misión en ruinas
de mi Vigge Biaundó.


CONCHA CHOCOLATA

Vístete de carey y coral
arrecife de estrellas marinas,
la caracola cantá la despedida,
el mar le arrancá a mi
concha chocolata su perfume
de alga.

Mi concha chocolata
suda color perla,
se llena de espuma
con cada atardecer,
mareas bravas de verdesflores.
Mi concha chocolata
hierve leche en las madrugadas,
humea a las seis de la mañana,
se abre con el sonido de mis dedos.
Tu mirada,
sombra pendular
mareabrava,
me ahoga como
lo hace la saliva
que tragamos en
el beso sepulcral,
gorgojo arenal
que traspasa poroslluviosos,
remorita grácil,
chulada babosa,
la caricia de tus ojos
embebe el sudor
perla de mi piel,
tal vez la luz de puerto
encienda tu faro
e irradie a las conchasmadre,
tal vez la mano en el sexo
guarde tu frágil vaso,
pero el péndulo chilla
cada hora,
pero el péndulo silba
sin cesar.


INGRID VALENCIA (Ciudad de México, 1983). Poeta y gestora cultural. En 2005 funda y dirige la publicación cultural La Manzana, arte & psique. Obra suya ha sido compilada en: Del silencio hacia la luz, mapa poético de México (Yucatán, 2008), La mujer rota (Literalia Editores, 2008) Anuario de poesía mexicana 2006 (Fondo de Cultura Económica, 2006; coord. Pura López Colomé), Agenda, Diario, Antología, Poetas de Jalisco 2006, Verbo del Cirio V y Memoria del relevo (Literaria Editores/SCJ, 2005); y en las revistas: Crítica, Acequias y Tierra Adentro, entre otras. Es autora del poemario La inacabable sombra (Literalia Editores, 2009).


DÍAS

Dejaba de pertenecerme

La inabarcable sombra en la ciudad

El permanente exilio de los pájaros azules

La ventana rota de una garganta
a punto de encajarse
en un mar que se ennegrece

El infinito
descansando en el borde
de una pregunta

El sabor de un paréntesis

Dejaban de pertenecerme
las cosas muertas

Los días
Las cosas muertas.
Preanestesia en el piso 11

La mujer de blanco
me observa zurcir el precipicio
de aguja y vena

Los segundos gotean
hacia la sangre

Bajo sábanas
escucho el rumor del tiempo
casi ajeno

La luz levanta un muro
de siluetas húmedas

Hay un anciano
que aferra a su piel
la delgada línea del sol
como una espada
que lacera al cuerpo inerte

Sólo intento
tocar un ojo
antes de

Desaparecer.


INTACTO

Certeza es la piel reflejada en el agua
Son las manos que navegan en lo profundo
hasta que alguno niegue el horizonte
sentado en la piedra blanca de la vejez

Aún hay tiempo para nombrar
bajo la montaña
la luz que se escurre en el polvo

Los árboles fugaces
comienzan a teñir el paisaje
de afiladas grietas como venas en la noche

La ciudad se repite
con su constelación hostil de ojos
negando el pulso del sol en las sienes

También
el amanecer
se conserva intacto
contra el mar.


LA CÁRCEL

1.
De un pasillo largo e interminable, la última casa. La infancia entre macetas en fila y puertas cerradas. Nadie habló. No conmigo. Mi madre conversaba con una pareja de ancianos de espalda encorvada, de ojos ausentes. Entre jaulas y voces yo miraba a los pájaros detenidamente, con la boca llena de sal y tortilla.
El vecino sordo, esquizofrénico, me miraba también detenidamente.

2.
Entre las nubes cerradas del pecho, una niña transita libremente por la cuidad. Las noches no terminan porque ella apaga todo lo que toca. Las paredes de tiempo y polvo extravían la blancura. Ella tendría que partir siempre a otros sitios, inventar nombres, coincidir con ellos o renunciar, como una piedra pequeña que repliega sus alas con inofensiva gravedad.

3.
Dentro del vagón podía sentir la velocidad, junto a una luz de neón, que lentamente se fragmentaba hasta llegar a casa. El amor era como esa delgada línea de luz, casi innombrable. Mi madre parió de frente al sol. Pero la luz fue más letal que el invierno.

4.
Las angostas camas que se contagian de caricias. Las luces que rodean esta cárcel habitada por la sed. La humedad de la oración que se esparce en el muro de las mañanas. La niñez hinchada de preguntas.
Bastaba con recordar al origen, ser nombrado sin titubeo.
Mañana habrá un hogar en el vértigo.

5.
Avanza el polvo
Mejor sería confundir la piedra con un llanto
creer que esa casa conservará las palabras, los silencios, cada golpe y herida
Sólo las sombras se dispersan

Una casa es una casa cuando susurra cada objeto, cuando canta una luz
cuando alguien muere al salir de ella o en ella
Una casa es un vacío que ha de llenarse de pretextos

6.
Regresar la mirada al techo, a las cicatrices, a los ojos de un gato muerto, suicida. A la guerra en lo callado. A la hormiga, al pan, a la mesa. Al padre, a su perro también muerto, a sus hijos suicidas. Al muelle. A nunca más.

7.
El asco carcome
lento
a pasos intermitentes

El suero gotea
los peces respiran
mi madre respira
La vida recorre angostos túneles de transparencia artificial


La piel es más veloz que la calle

Avanza el polvo. Avanza


LOS MUROS

1.
La llama en el rostro
tiembla como el árbol
que se resiste a caer.

Le debo a la luz
la nausea y los espasmos.

A la sangre
y sus demonios
debo las raíces epilépticas
que niegan el invierno.

Hablo del instante en paz
Al que no volveré.

2.
Supongamos que es cierto. Uno sale
de casa, mira rostros
en el puente
o la avenida. Alguien duerme en el vagón.
Uno escucha. Y todos vamos hablándonos en secreto.

signos queloides
acertijos
que atraviesan con prisa la mirada

Muy pronto ardemos
entre atardeceres de alquitrán y polilla.

Los monólogos sobre los rieles del cuerpo
dejan a su paso un sonido que recae
en las ausencias que se acumulan
en alguna parte

Un lugar al que llegaremos
con el bolsillo hinchado
con la mano vacía.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Felicitaciones a Daniela por darnos a conocer parte de la nueva poesía Mexicana y a Gladys por promover estos esfuerzos.
Raul Heraud.

sbc dijo...

Abrazo la publicación y me gustaría agregar el link donde se puede encontrar el trabajo diario de nuestra querida poeta y amiga amarantacaballero.blogspot.com

Susana Bautista Cruz
Ciudad de México

incorregible dijo...

Muchas gracias Raúl, desde Lima y Susana, desde Ciudad de México, sus felicitaciones y abrazos nos motivan a seguir trabajando!!
Gladys Mendía

Anónimo dijo...

Entré a ver si por equivocación aparecía yo en la antología pero no hay problema...