miércoles, 9 de junio de 2010


Archivos Temporales de la Poesía Actual Parte I



LUIS YUSEFF (Holguín, Cuba, 1975). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).Tiene publicados El traidor a las palomas (Eds. Holguín, 2002); Vals de los cuerpos cortados (Eds. Holguín), Yo me llamaba Antonio Boccardo (Eds. Almargen), Esquema de la impura rosa (Eds. Vigía), y Golpear las ventanas (Ed. Letras Cubanas), todos en el 2004; Salón de última espera (Casa Editora Abril, 2007), Los silencios profundos (Eds. Holguín, 2009) y La rosa en su jaula (Ed. Oriente, 2010). Ha recibido varios premios, entre ellos el Premio de la Ciudad de Holguín, Premio Alcorta, Premio Anual de Poesía “América Bobia” y Pinos Nuevos, en el 2003; Premio Calendario (2005), Premio Nacional de Poesía “Adelaida del Mármol” (2008), Premio Oriente de Poesía José Manuel Poveda; José Jacinto Milanés de Poesía y el Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, todos en el 2009. Poemas suyos aparecen recogidos en varias antologías, revistas y periódicos de Canadá, Perú, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, España y Nueva Zelandia.



Efecto café bulevar

Para Ghabriel, una isla propia.

Y todo está dispuesto de este modo,
para que no salgamos del mágico círculo.
OSSIP MANDELSTAM

Entro. Pido el último café. Elena Burke es un recuerdo.
Todo es frío bajo los toldos.
Por momentos la lluvia de tránsito nos obliga a adentrarnos.
Descendemos a otros arcos protectores.
Patio interior de piedra. Asfixiante.
Aquí se vive arduamente. Se hace un espacio
a cada provincia. Y otra se acerca mientras pides un café.
A cambio de una moneda tendrás la joya blanca
entre tus manos. Es amargo el trago para beberlo despacio.
Ha de ser despacio para que el trago baje amargo.
Y comienzas a conversar. Pues aquí se habla vivamente.
Interrumpidos por la mano que pide con hedor e insistencia.
(También mi mano es pobre y la guardo bajo la madera.)

A veces soy interrogado como cualquier ciudadano
que bebe su café. Su trago amargo. Y respondo.
Me identifico con habilidad para no agotar el tiempo.
Bajo la luz todo es minuto tras minuto
un detenimiento innecesario. Una espiral que se verticaliza.
Y asciende. Asciende el humo del café.
Y justificas los desplomes. Demasiado recientes que somos.
De ayer mismo. Amar es una isla.
Y morir es adentrarse a la mar coagulada.
Un aroma de azucenas. Un estarse quieto bajo los toldos.
De transparencia en transparencia obnubilados,
Viejo Eliseo que bebes tu café. Tu trago amargo.
Aquí vienen a morir los poetas.
Y un ángel fatigado vuela bajo otro cielo. Y otro ángel
comienza su discurso en el sopor de las fabulaciones.
Otro revienta su cabeza contra el asfalto.
Llora otro de rodillas. Y el pez angelecido se muere de tristeza.
Alza su vuelo bajo el cielo empedrado
de Madrid. Sin voz. Sin alas. Hasta de espaldas se ve
que está llorando. Pero todavía hay tiempo.
Bebamos el último café mientras María Teresa nos canta.
Qué cante el Benny su página ruinosa.
Qué Bola sea una flor negra sobre el piano.
Qué Celeste rompa el adoquín con su paso.
Que aquí cada poeta tiene su caballo blanco.
Su leopardo. Su canario. Sus dos patrias.
Que el cuerpo de una isla no se sostiene sin un buen verso.
Pues sobrevivir bajo los toldos es una fiesta.
Y cada fragmento de imán transmuta en oro.
La Bella Cubana bebe en su Capilla de Cobre el trago de café.
Su trago amargo. (Transformada la medialuna
bajo sus mínimos pies el aroma de las mariposas
se confunde perversamente con el vuelo del colibrí.)
flota una tabla en la bahía. Es tiempo de pedir
por nuestras vidas. Y pedimos confusamente.
Casi sin darnos cuenta a cada paso.
Flor de isla, tú te ofreces aromática y gentil
Como una taza de café. Tú despides a la mujer coronada
con laureles ⎯ni libre es ni la prisión la encierra⎯.
Sus huesos se pudren donde la tierra es menos blanca.

Porque en verdad nunca fueron tan importantes los poetas
como en este Café bajo los toldos. Decadentes. Y felices.
Pero de improviso algo se transforma tras las rejas.
Y te hace pensar que de nada sirvieron el dolor
de Juan Clemente Zenea. El destierro de Heredia.
La muerte de Plácido. Las cartas de amor de Juana Borrero.
Ni el pulmón asfixiado de Lezama.
De nada sirvió que Julián del Casal se muriera de risa.
De nada ha servido escribir un buen poema
cuando Fina anuncia su dulce nevada. Y la nieve
comienza a caer sobre los toldos.

Este Café no es el sitio de siempre.
El sol sobre el mármol blanco se evapora.
Y quiero marcharme. Escapar del frío. Esta no es mi sangre.
Prometo no regresar. (Vuelve el agua inmarcable
a la arena. El mar entre las tazas conforma
un plano alucinante.) Sobre la mesa roja ya estoy de vuelta.
Ya entro a los círculos de hierro como un animal viciado.
Nuevamente. Y pido el último café. Y otro. Y otro...



Canción napolitana


Yo siempre quise tener un perro de aguas ladrándole a la soledad.
Y me fue dada una calle de mar anchísima
por la que parten cada año los amigos. El gris de su lejanía.
Cuerdas para atarme al pasado.

Los ojos verdes de Tania se parecen a Madrid.
Ajena y entrañable. En La Gran Vía. O en el Canal de Panamá, sacando su voz del pecho. Reconociendo la libertad nuevecita. El grito contra el enemigo común, por vez primera, sin altavoces. Sin ser convocada por los oficios del deber obligatorio. En nombre de/ por/ para/ con/ sin. Sólo una emoción real cuando me escribía “Mercedes cantó Dale alegría a mi corazón... Le saqué una foto que conservo aún dentro de mi cámara, pensando en ustedes y en los deseos de que estuvieran allí”.

Isell, en Viena, continúa enojada conmigo. Y la comprendo.
Como fe de vida me dejó un fragmento transcrito de “Primavera con una esquina rota”. Y una última visita el día antes de marcharse a Austria.
A hacer muelles. Los resortes –dice– de su felicidad.

Lourdes dibuja sobre el papel de rosas en Isla Negra. Imita soledades con las fibras alcalinas.
Junto a mis afectos ha dejado un piano de barro. Una caricatura atroz. Y el hueco en la altanoche por donde se escapaba tomada de la mano por la tristeza de turno.

Mis amigos ya no se parecen a mis amigos. Han aprendido otras lenguas y beben agua embotellada. Tanto cambiamos de un lado y otro.
A veces deseo que nunca más regresen.
Creo que no me reconocerían.
También yo me he transformado.
Mi cuerpo se ha vuelto de agua. A diario me surca la estela.
Levanto señales de humo. Hago ondear el pañuelo en el aire como en una canción napolitana...


Flores de hierro en el pecho de un hombre




Esta noche ha entrado un murciélago a la casa.
Su vuelo es leve, pero torpe.
Advierto: puede ser una maniobra espía.
Pero no oculto entre mis cosas nada que atente contra la seguridad de un pueblo.
Sólo trato de escribir unas pocas líneas.
Dos o tres palabras. Versos para hacer música a los oídos de las personas que se invitan a la casa.
Palabras que si algún poder tienen no será el de libertarme.

Poder de libertad.

Así surgen de las sombras estos ojos como la evocación de un fantasma. Nombres que olvidaré.
Aunque me niegue. Pronto comenzarán a borrarse de mi memoria con el vino ácido de los días. Con urgencia.
Al frotar fuerte la cabeza contra las paredes.
Al escribir versos a las cambiantes estaciones.
Lejos del trópico. Cosas que han contado los amigos para quedar fuera. Detrás del enrejado de las almas donde crecen rosas de papel.

Flores de hierro en el pecho de un hombre.

Detrás del enrejado. Trato de iniciar “una vuelta a mi cárcel”.
Casa donde los murciélagos se posan y liban sangre en las flores de hierro.
Una vuelta a su cárcel. Los deseos prohibidos de Margarita. El hijo hermoso reventando con su vigor penas sobre la almohada.
Juegos de muerte. Niños como animales disputándose el fruto de la soledad.
Afuera, lejos de los ojos de Ranel, bajo el peso de plomo de sus lunas vencidas, doran los Trípticos en alguna capilla de este mundo donde Dios no se acuerda de él. Ni de Juan, que ha querido ser en los amantes que se alejan. Detenido en los óleos. Con la muerte azul. Compartida. Escribiendo para escapar del cuerpo.
Armandito, levantándose de hielo en un país de sol. Aquí no se llora.
Se es de terracota a los rezos de la madre espartana.
Por sus venas se vuelve a la isla. Aquí se ama. Y se espera:
Aquí crecen las flores de hierro: resonantes como el pecho de un hombre.

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